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Indiana Jones: Los Caminos de la Amistad

 
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claalc
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MensajePublicado: Sab Dic 08, 2007 6:12 pm    Asunto: Indiana Jones: Los Caminos de la Amistad Responder citando

>>> INDIANA JONES: LOS CAMINOS DE LA AMISTAD <<<


En aquella ocasión, Indiana Jones aceptó ir de expedición acompañado. Normalmente prefería trabajar solo, pero dado que Jason le había ofrecido un trato insuperable -nada más y nada menos que el 50% de las ganancias que obtuvieran con la venta de la preciada reliquia, sin haber tenido que participar en la fase de investigación- y teniendo en cuenta la amistad que le unía a su antiguo compañero de clase, no dudó demasiado en unirse al viaje que les llevaría a las profundidades de una cueva congoleña. Jamás se arrepentiría tanto de una decisión como lo hizo con aquella.

Se encontraban frente al último tramo del pasadizo. Como era habitual cuando quedaban pocos metros para llegar al objeto, había una trampa. Consistía en un foso de inalcanzable longitud, sobre todo en vertical: ni siquiera podía verse el fondo. La única forma de atravesarle pasaba por la utilización de un látigo. De hecho, dada la admiración que tenía la tribu de los ungunnus por este arma, había un tronco que iba de un lateral a otro del precipicio al que se le debía enrollar. Era el soporte ideal para efectuar lo que Indy llamaba "el péndulo". Un movimiento que había hecho en multitud de ocasiones y que realizaba ya sin ningún tipo de problema. Su compañero también había hecho extenso uso del látigo, siendo también uno de los accesorios que nunca olvidaba a la hora de llevar a cabo una expedición arqueológica.

Una vez el dúo llegó al otro lado, examinaron con detenimiento la sala en la que se hallaba el motivo de sus esfuerzos: una escultura de gran valor compuesta de un elevado número de diamantes que venía a representar -para variar- a una deidad. Tras cerciorarse de que efectivamente, y tal y como Jason había investigado, no había ninguna trampa a parte de los hilos de seda atados a la pieza -colocados con la intención de activar algún tipo de mecanismo si se tiraba de ellos al moverla de su pedestal- procedieron a cortarlos para poder cogerla. Eran muy dificiles de ver, dada la escasa iluminación de la estancia, de modo que encendieron las dos antorchas que flanqueaban la pieza antes de continuar.

De vuelta al pasadizo del foso, Indy, temeroso de que le volviera a suceder lo mismo que en el templo del ídolo de la fertilidad -que su compañero no le devolviera el látigo para quedarse con la reliquia- fue el primero en pasar al otro lado y llevando consigo el objeto. Quizá por exceso de confianza, calculó mal la llegada, cayendo al suelo de espaldas y ejerciendo un fuerte tirón sobre el látigo, lo que provocó que el tronco se partiera por la mitad.

- ¡Traidor! ¡¿Cómo has podido?! - bociferó Jason, enfurecido a más no poder al ver cómo se desvanecía la única manera que tenía de atravesar el foso. Indy trató de disculparse, pero entonces la estancia comenzó a derrumbarse, probablemente debido a la activación de algún mecanismo oculto en los extremos del tronco. El desprendimiento de rocas obligó a Jason a tomar una decisión muy arriesgada: tratar de saltar el precipicio. Indy le gritó con todas sus fuerzas de que no lo hiciera, pues era totalmente imposible. Jason, presa de la desesperación, siguió adelante con su idea, quedando a bastante distancia del borde y siendo engullido por la oscuridad más impenetrable en su descenso. Indy lanzó un último grito ahogado, pero las piedras que le estaban golpeando en el sombrero le hicieron olvidar el trance. De inmediato empezó a correr todo lo más que pudo en dirección a la salida de aquel infierno rocoso que bien podía convertirse en su tumba. En parte por suerte, en parte por su agilidad, el arqueólogo logró volver a ver la luz del sol atravesando el denso follaje de la selva africana. No obstante, a punto estuvo de no contarlo: una roca llegó a golpearle en la sien, tirándole al suelo ligeramente aturdido. La visión de un escorpión dirigiéndose hacia su cara impidió que llegara a perder la consciencia. Sin duda, el miedo podía ser, en ocasiones, un poderoso aliado.

Diez meses más tarde...
- No lo hice con mala intención, lo juro. Simplemente calculé mal la caída.- aseguraba Indy. Se encontraba discutiendo con Jason. Un río subterráneo le había salvado la vida de puro milagro. Sus ansias de venganza eran tales que había esperado a que el doctor Jones se embarcara en una nueva expedición para seguirle y tratar de acabar con su vida al tiempo que le arrebataba la reliquia de la ocasión. Quería hacerle pasar por la misma situación que había sufrido él, con la diferencia de que esta vez deseaba que no hubiera escapatoria alguna.
- Por más que lo jures, jamás te creeré: ¡llevabas contigo la escultura!- le gritó enfurecido. Indy lamentaba que su amigo le tomara por alguien tan ruin, aunque tenía que admitir que aquel indicio le apuntaba como culpable.

La discusión se prolongó durante un par de minutos. Finalmente, y para extrañeza de Jones, Jason pareció darle la razón.
- De acuerdo, te creo y te perdono. Lánzame el Ojo de Sybah y te proporcionaré mi látigo para que puedas subir.- el suelo de la estancia se había hundido, a excepción de una única porción que se había mantenido a la altura necesaria para poder acceder a la salida, ubicada en el techo. Por más que miró, Indy no había encontrado ningún saliente al que pudiera atar su látigo para poder ascender, de forma que la única opción que tenía pasaba por creer en su antiguo compañero. Así pues, se vio obligado a aceptar su ayuda, de modo que le lanzó la pieza dorada.

Pero cuál fue su sorpresa cuando Jason no sólo se dio la vuelta sin haberle ofrecido su látigo sino que además apretó el botón que ocultaba el segundo escalón de la escalera de mano que conducía al exterior. Se trataba de una trampa que ambos sabían que existía y que evitaron, como era lógico. Consistía en la apertura de una serie de trampillas por las que empezó a entrar ni más ni menos que lava. Lentamente, el incandescente y espeso líquido se fue expandiendo por el suelo en dirección a Indy.

Sin perder ni un segundo, lanzó un latigazo en dirección al tobillo de Jason, el único lugar al que podía atarle para intentar subir. El traicionero arqueólogo no ocultó su sorpresa al notar que algo le agarraba para, poco después, sentir un fuerte tirón que hizo que cayera de bruces contra el suelo. Indy siguió tirando de su rival, arrastrándole por la superficie de la elevada plataforma hasta que le vio colgando de los bordes de la misma. Unos instantes más tarde, Indiana se encontraba ascendiendo por su látigo primero y por los pantalones de Jason después, que gritaba lleno de furia al ver cómo su oponente estaba dando la vuelta a la tortilla a pesar de sus intentos por quitársele de encima a base de patadas. Finalmente, Indy alcanzó la cima. Exhausto por el esfuerzo, se dedicó un par de segundos a recuperar el aliento, tiempo que aprovechó su enemigo para subir. La gran velocidad de sus movimientos estaba más que justificada por la motivación provocada por el acercamiento incesante del magma sumado a las ansias de vengarse de una vez por todas del doctor Jones.

Una vez estuvieron los dos en tierra firme, iniciaron una salvaje confrontación cuyo mayor peligro no residía en los golpes que se pudieran propinar el uno al otro sino en el reducido espacio con que contaban para hacerlo. Y es que la plataforma circular poseía un diámetro de aproximadamente un metro y medio. De ahí que la pelea se desarrollara en el suelo: ponerse en pie conllevaba un enorme riesgo de caer al recién formado lago de lava.

Los contendientes no cesaban en su empeño de noquear a su contrincante por medio de poderosos puñetazos. Dado que estaban tumbados, era el único movimiento que podían efectuar. Tenía especial ventaja aquel que estuviera encima. Jason aprovechó tal posición para tratar de estrangular a Indy en un desesperado intento de vencerlo. Se encontraba bastante aturdido y cansado, de modo que le convenía pausar el combate, aunque sólo fuera durante unos segundos. Si además conseguía poner fin al mismo, era una opción indudablemente recomendable. Indy no sabía cómo detener la presión que ejercía sobre su cuello. La fuerza de Jason era superior a la suya por primera vez desde que se iniciara la lucha. Tal es así que se veía incapaz de quitársele de encima. Probó a propinarle varios puñetazos sobre el estómago, pero estaba tan concentrado en su tarea que era como si no le afectaran en absoluto.

Entretanto, el nivel de la lava seguía aumentando lentamente pero sin pausa. El calor que emanaba se hacía notar en el ambiente cada vez más, junto al intenso olor a azufre. Pero poco le importaba a Indy que la temperatura y el aire fueran tan asfixiantes. La auténtica asfixia se la estaba provocando Jason son sus imparables manos. Poco oxígeno le quedaba ya en los pulmones cuando vislumbró la forma en que podía zafarse de tan letal llave: su propio látigo. Como aún seguía atado al tobillo de su adversario, simplemente tenía que efectuar un fuerte tirón para quitársele de encima. Con un poco de suerte, incluso podría llegar a provocarle un pequeño esguince.

Afortunadamente para el doctor Jones, se dieron las condiciones propicias para que pudiera retomar las riendas del enfrentamiento. Por un lado, el látigo se encontraba lo suficientemente cerca de su cuerpo como para que pudiera agarrarlo con ambas manos. Por otro, pudo ejercer la fuerza necesaria para lesionar el tobillo derecho de Jason. No hacía falta ser médico para saberlo. Bastaba con oír el potente grito que profirió. Indy pudo entonces zafarse de los incansables brazos de su rival y respirar de nuevo. Una vez alivió su falta de oxígeno, le propinó un par de golpes tan poderosos que Jason quedó tumbado, presa del aturdimiento. Jones decidió en ese momento dejar el combate. Le arrebató la reliquia de su bandolera y se dirigió a la escalera de mano que conducía a la salida. Sólo por si acaso, ató el otro extremo del látigo a uno de los escalones. De esta forma, ganaría algo más de tiempo en caso de que Jason optara por perseguirle.

En efecto, así fue. Cuando Indy ya llevaba ascendidos unos pocos metros, su oponente echó a correr tras él y le agarró del tobillo. Indy no quería lanzarle a la plataforma. Le daba lástima el estado en que se encontraba: lleno de magulladuras, hilos de sangre y, sobre todo, un estado de gran agotamiento. Tal es así que ni siquiera había puesto empeño en desatarse de la escalera. Simplemente se lanzó a por su adversario sin conocimiento alguno, movido sólo por su sed de venganza.

- No quiero hacerlo, Jason, ¡déjame, no me obligues a matarte!- pidió Indy, desesperado ante la insistencia del que fuera su amigo.
- Ya lo hiciste una vez, ¿recuerdas? ¡Ahora es mi turno! - Jason ya no atendía a razones. Había un atisbo de locura en su ojos y su tono de voz. Indy, muy a su pesar, tuvo que pegarle una patada para quitársele de encima. Jason cayó en dirección a la plataforma, pero quedó colgado del látigo por su tobillo derecho. Gritó más aún que cuando Indy se le lesionó. Y siguió gritando mientras se zarandeaba en el aire con la horrible perspectiva de ver cómo ascendía una abrasadora espuma de magma. El flujo había aumentado en los últimos minutos, de modo que estaba alcanzando ya el suelo de la plataforma circular. De esta forma, aunque consiguiera liberar su tobillo, lo más probable es que cayera hacia una muerte segura. Sólo Indy podía salvarle de una situación como aquella. La historia se repetía. En otros términos, pero al fin y al cabo era lo mismo: ¿cómo podía rescatar a su amigo de una situación tan sumamente delicada en la que el mero hecho de intentarlo ya ponía en riesgo su propia existencia?

Pero el mayor inconveniente que veía Indy no era el peligro propio del rescate sino el de la posibilidad de que Jason le volviera a "apuñalar por la espalda", por así decirlo. Ya no podía confiar en él. Pero tampoco se veía capaz de dejarlo morir. Después de todo, había sido su amigo durante varios años, cuando aún era un estudiante adolescente. Además, no quería que pereciera pensando que verdaderamente le había traicionado aquella vez en el templo congoleño, cuando en realidad había sido algo fruto de la mala suerte.

Así pues, optó por intentar salvarlo. No iba a ser nada fácil: entre la posición de Jason -colgado bocabajo- y la de Indy -de pie sobre una escalera de mano-, la cosa pintaba bastante mal.

- Jason, intenta agarrarte al látigo y flexiónate hacia mí.- le indicó.

- ¡No quiero tu ayuda, maldito traidor! - fue la feroz respuesta que recibió. Sin su colaboración iba a ser totalmente imposible que le ayudara a ascender. Necesitaba tirar de sus manos, utilizando el tobillo atado como soporte para la maniobra. Algo, por otra parte, complicado, dado el dolor que le provocaría. Pero aquella compleja situación carecía de cualquier otra escapatoria que no fuera esa.
- ¡Escúchame, por lo que más quieras! No te traicioné aquella vez. Simplemente me salió mal "el pendulo", ¿vale? Pura mala suerte, ¿entiendes? - no era la primera vez que le intentaba dar a entender que todo fue un mero accidente. Pero Jason nunca aceptaba tales razones... salvo en aquella ocasión, probablemente debido a que su vida pendía de un hilo -y nunca mejor dicho.

- De acuerdo, te creo. Si me salvas de esta, volveremos a ser viejos amigos.- justo después de mencionar estas palabras, profirió un terrible grito provocado por el dolor que le causaba flexionarse en vertical en dirección a su maltrecho tobillo. Incapaz de soportarlo, se dejó caer de nuevo. Ver otra vez la lava ascendiendo a buena velocidad hacia sus brazos tendidos le dio las fuerzas necesarias para volverlo a intentar, reprimiendo como podía el tremendo sufrimiento y el intenso calor que emergía de la sala. Indy, por su parte, sólo le podía dar ánimos mientras esperaba acuclillado en el primer escalón. Resultaba irónico que el mismo látigo que permitía seguir con vida a Jason era el mismo que le estaba provocando un dolor enorme al tiempo que le impedía esquivar la muerte que le acechaba.

Tras fracasar el segundo intento, respiró hondo, se armó de valor y probó a flexionarse por tercera vez. Era como hacer una abdominal pero en vertical. Por si fuera poco, sólo estaba sujeto por una pierna, lo que complicaba aún más el movimiento. Pero no se rindió. Si había algo que Indy siempre había valorado en Jason era su constancia, el hecho de que nunca se rendía, por muy feo que se pusiera el asunto. Verle cómo aguantaba aquel tremendo dolor mientras hacía uso de todas sus fuerzas le hizo recordar esa virtud. Una cualidad que ya tenía cuando se conocieron en la universidad y que se podía afirmar, sin lugar a dudas, que compartían: Indy tampoco eran de los que tiraban la toalla.

Finalmente, logró alcanzar la mano de Indy. Sin perder un segundo, este tiró de él, no sin esfuerzo, hasta que Jason pudo agarrarse a la escalera. El siguiente paso fue apoyar su pierna izquierda en uno de los escalones. Así se desvaneció, al fin, el intenso sufrimiento procedente del tobillo. Jason pudo respirar de alivio como pocas veces lo había hecho en su vida.

- Gracias, Indy, te debo una.- le dijo ciertamente emocionado, no sólo por haber sobrevivido ante tan letal situación sino también por haber recuperado su apreciada amistad.

- No me debes nada, me conformo con que me hayas perdonado.- respondió Indy, igualmente feliz por los mismos motivos.- Es más, para celebrarlo, compartiré las ganancias de esta reliquia contigo.

Pero aún quedaba una cosa por hacer: liberar las ataduras del látigo. Indy bajó un par de escalones hasta alcanzar el tobillo de su compañero. Le desató y bajó algo más para repetir la operación con el nudo que rodeaba el escalón inferior. Una vez colgó su querida arma sobre su hombro, indicó a Jason que ya podía empezar a subir. Eso sí, lo haría a una velocidad bastante inferior a la normal, dado que tenía que hacerlo saltando de un escalón a otro empleando únicamente la pierna ilesa.

En un principio, no había ninguna prisa por abandonar el conducto. La lava continuaba tomando altura a una velocidad ciertamente lenta. Tendrían que pasar muchos minutos o incluso una hora antes de que terminara emergiendo por la superficie del templo, si es que surgía tanta cantidad como para que aquello llegara a ocurrir. Pero entonces el flujo aumentó considerablemente. De un momento a otro, Indy observó que el magma empezaba a fundir los primeros escalones.

- ¡Jason, dáte prisa! -bociferó Indy, visiblemente preocupado.- Ya sé que te está costando lo tuyo, pero por aquí abajo está subiendo la lava a pasos agigantados.

Jason echó un vistazo y comprobó que las palabras de Indy eran muy ciertas. Demasiado ciertas. Tal es así que comenzó a tener dudas acerca de si le daría tiempo a pisar tierra firme antes de convertirse en ceniza. Indy tampoco lo veía claro, sobre todo cuando le empezaron a sudar los pies. El calor se estaba haciendo más insoportable aún que cuando pelearon sobre la plataforma. Y aún quedaban bastante metros antes de que pudieran volver a ver la luz del sol.

- ¡Jason, tengo una idea! - le gritó Indy, eufórico ante lo que se le acababa de ocurrir - Déjame ir primero y te tiro el látigo desde arriba. Así te haré subir mucho más rápido.

- ¡Eso me suena a posible traición, Indy! - a Jason parecía no gustarle el plan. Le recordaba demasiado a la situación de hacía diez meses.

- ¡Vamos, hombre, sabes que no te dará tiempo! ¡Me abrasaré vivo antes de que llegues ni tan siquiera al último tercio!- Indy se temía lo peor: como no cambiara de opinión, se vería obligado a enfrentarse de nuevo a él. Y además en una posición en clara desventaja, si bien la lesión de su compañero igualaba en parte la balanza.

- De acuerdo, pasa, confiaré en ti. Al fin y al cabo, me has salvado la vida hace un momento.- le respondió Jason, más calmado y entrado en razón.

Indy suspiró de alivio y, sin perder un segundo más, inició un rápido ascenso. Dejó atrás a su compañero, que ya notaba el sudor en sus piernas. La proximidad de la lava le estaba poniendo realmente nervioso. Tanto que falló en la ejecución de uno de sus saltos. Por fortuna, logró agarrarse a la escalera, quedando la cosa en un simple susto. Indy, por su parte, estaba tan centrado en su tarea que no se percató de aquel incidente.

Así pues, llegó a pisar el suelo de baldosas del templo. Desenrolló su látigo y lo dejó colgando para que Jason se agarrara a él. El problema estaba en que el lastimado arqueólogo aún no se encontraba a la altura necesaria. Le faltaban unos cuantos escalones más hasta alcanzar el extremo del arma. Similar distancia le separaba del magma, que continuaba llenando el conducto sin cesar y a un ritmo prácticamente idéntico o incluso más veloz. Al menos eso es lo que le parecía al aterrado Jason, cuyo sudor no hacía más que aumentar su nerviosismo. Y es que la temperatura estaba alcanzando ya cotas peligrosas.

- ¡Vamos, Jason, tú puedes! - le animaba Indy. Verdaderamente estaba sufriendo al ver a su amigo en unas condiciones tan pésimas. Su agotamiento era claro. Sus posibilidades de supervivencia, escasas. Y lo peor era que no podía hacer más que mantener la esperanza. La sensación de impotencia invadió su ser, atormentándole tanto como si su compañero estuviera ya muerto.

Finalmente, cuando la lava se encontraba a menos de metro y medio de sus talones, Jason consiguió aferrarse a la que constituía su única posibilidad de salvarse. Una vez quedó colgado en paralelo a la escalera, Indy puso todo su empeño en tirar y tirar. No estaba en plenas condiciones para hacerlo, dada la gran fatiga que arrastraba desde tuviera lugar el reciente combate, pero parecía estar consiguiéndolo. Jason se alejaba más y más del abrasador líquido, el cual continuaba ascendiendo a una velocidad ciertamente preocupante. Indy tampoco se detuvo, por mucho que su cuerpo le pidiera a gritos un descanso. Así, segundos más tarde, Jason respiraba aliviado tumbado bocarriba sobre el suelo de baldosas.

- No hay tiempo que perder, ¡vámonos de aquí!- le instó Indy, viendo lo poco que le faltaba a la lava para empezar a brotar por aquella superficie.

Jason no rechistó. Se puso en pie con la ayuda de su rescatador y caminó a la pata coja, apoyándose en el hombro de Indy, a la mayor velocidad que fue capaz. Poco después, el suelo tembló ligeramente ante una fuerte erupción. La lava salpicó en todas las direcciones, abrasando todo lo que tocaba, independientemente del material de que estuviera hecho. Luego prosiguió con su inevitable avance, inundando las diferentes estancias conforme pasaba el tiempo. Menos mal que el dúo de arqueólogos se encontraba ya cabalgando en dirección a la pista de aterrizaje donde les esperaba una avioneta. Sus rostros lucían sendas sonrisas al comprobar que, a pesar de todos los obstáculos que se habían interpuesto en sus caminos, aún llevaban consigo la valiosa pieza que habían ido a buscar. Pero, sin duda, lo que más valoraban en aquel momento era el hecho de haber sobrevivido a una aventura más junto al hecho de haber recuperado su amistad.
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