claalc Agente

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Publicado: Vie Dic 07, 2007 11:26 am Asunto: Indiana Jones: Rescate |
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>>> INDIANA JONES: RESCATE <<<
- Veo que el murciélago logró su objetivo.- le comentó Helen a Indy cuando le vio acercarse a su posición. Se encontraba encerrada tras unos barrotes de piedra que habían caído del techo en una trampa diseñada para que los intrusos a aquel templo cavernícola fallecieran de sed o hambre. Helen había podido aguantar un par de días gracias a que llevaba consigo bastantes provisiones, dada la ruta a pie que había seguido jungla a través para llegar hasta aquella cueva. No sin dificultad, había conseguido agarrar a un murciélago, al que ató un mensaje pidiendo auxilio al doctor Jones. La suerte estuvo de su lado, porque alguien del poblado más cercano se apresuró en enviárselo al americano. El arqueólogo dejó las clases que impartía en la universidad y no perdió el tiempo esperando al siguiente vuelo comercial, sino que alquiló una avioneta propia. Tal fue la rapidez que se quiso dar que optó por saltar en paracaídas cuando sobrevolaba la zona en la que preveía que se encontraba la que había sido su primera novia en la juventud, dejando que el vehículo se estrellara contra una montaña cercana. Gracias a todas estas maniobras, Indy se había plantado ante Helen en tan sólo dos días tras haber recibido la carta. Y eso que la mujer se encontraba fuera de los Estados Unidos, concretamente en Méjico.
- Aléjate de los barrotes.- le advirtió Indy mientras echaba pólvora en la base de dos de ellos. Luego prolongó el vertido por el suelo para poder prenderlo a cierta distancia. La explosión consiguiente obtuvo el resultado esperado: rompió las bases de la pareja de alargadas rocas, logrando que cayeran en su totalidad del techo hasta salirse de los huecos que las sujetaban. Luego perdieron su verticalidad para quedar posadas sobre el suelo.
- ¿A qué esperas? - le preguntó a Indy a Helen cuando veía que la arqueóloga no abandonaba su celda.
- A que entres, por supuesto.- el doctor Jones enseguida captó las intenciones de la mujer con tan sólo observar su mirada.
- Ni hablar, Helen, no pienso continuar avanzando por una cueva llena de trampas tan letales como esta. ¿Quién sabe cómo será la siguiente? Ni siquiera he investigado acerca de ella.
- Yo sí, y te puedo asegurar que no hay ni una sola más.- la arqueóloga se mostraba firme.- Esta era la única, sólo que no supe evitar su activación. Además, piensa en la recompensa que nos espera: una estatua de oro.
- Prefiero seguir con vida, gracias.- Indy no lo veía claro. Sería de extrañar, según su experiencia, que aquella fuera la única trampa del templo.
- De acuerdo, respeto tu opinión, pero al menos respeta tú también la mía y déjame la pólvora.- Helen estaba decidida a hacerse con el valioso objeto, aunque fuera sin la ayuda de su ex-novio.
- Está bien, si estás tan convencida, te acompaño.- acabó cediendo ante la cabezonería de la mujer, más que otra cosa porque no quería dejarla sola. Si había caído en aquella trampa, podría caer en cualquier otra. Helen era una gran investigadora, pero la parte práctica siempre había sido su asignatura pendiente.
El arqueólogo colocó de nuevo una buena cantidad de pólvora en la base de dos barrotes de piedra, haciéndola explotar poco después. La pareja pasó por el hueco resultante y continuó el avance bajo la tenue iluminación de sus antorchas.
- A partir de ahora, habla bajito.- ordenó Helen.
- ¿Por qué razón?
- Hay murciélagos en el techo. Cuando grité pidiendo ayuda, se volvieron como locos.- Helen los miraba con pavor. La habían hecho pasar un muy mal rato.
- Al menos te sirvió de algo.- indicó Indy, referiéndose al mensaje que ató a uno de ellos.
Pocos metros más adelante, llegaron al final del túnel. En el centro de la pared, había un retablo bastante elaborado que albergaba la preciada estatua de oro.
- ¡Ahí está! ¡¿Ves como no había ninguna otra trampa?- bociferó Helen, presa de la excitación de haber encontrado, al fin, el tesoro que con tanta ansia deseaba, olvidándose por completo de la manada de murciélagos que acababan de dejar atrás no hacía mucho. Por fortuna para la pareja, careció de la intensidad suficiente para despertarlos. Tampoco hizo caso de las advertencias de Indy de acercarse despacio y con suma cautela: simplemente echó a correr en dirección al pedestal en la que se hallaba la figura.
- ¡Helen, no! - la gritó Indy poco antes de ver cómo tropezaba con una fina cuerda que atravesaba la estancia de lado a lado y caía al suelo. La cuerda estaba atada a una serie de mecanismos, ocultos tras las paredes, que provocaban que se desplomaran dos columnas de piedra en dirección al centro de la sala. La mujer no pudo hacer nada más que ver cómo se le venían encima, quitándola la vida de forma instantánea.- ¡¿Por qué nunca me haces caso?! ¡¡Maldita sea!!
Indiana se acercó al cadáver entre lágrimas y sollozos. En el fondo, había seguido queriéndola, pero era por cosas como la que acababa de ocurrir por las que decidió en su día dejarla. Era demasiado lanzada, entusiasta y confiada. Carecía, por tanto, de las cualidades requeridas a cualquier arqueólogo. Tarde o temprano, sabía que iba a acabar sucediendo algo como aquello, pero lo que verdaderamente le daba rabia a Indy es que fuera a ocurrir justamente ante sus ojos.
- Por lo menos, me llevaré la estatua. Es lo que hubiera querido Helen.- se dijo el intrépido profesor sin darse cuenta de que el objeto ya no estaba en su pedestal. Los mecanismos que habían activado la trampa también habían hecho que se moviera algún segmento de la pared para así resguardarle de los intrusos. Por si fuera poco, se habían descubierto una serie de agujeros por los que habían empezado a entrar cantidades ingentes de abejas. Dada la oscuridad de la estancia, estaba claro la dirección que iban a tomar: la de la antorcha de Indy.- Muy ingeniosos estos nativos.
A Jones no le quedaba otra que echar a correr y huir por donde había venido. El problema estaba en que no era nada sencillo tener que agitar constantemente la antorcha para quitar de su cara a la bandada de insectos sin quemarse durante el proceso mientras, a su vez, trataba de seguir el camino rocoso. Tal era la distracción que se chocó con contundencia contra uno de los barrotes de la que había sido celda de Helen durante unos días. El golpe le hizo caer al suelo bastante dolorido. Lo peor estuvo a punto de suceder: casi se golpea la cabeza contra la pared más cercana, lo que le podía haber dejado inconsciente a merced de un millar de aguijones. La angustia que le provocaba el revoloteo de los bichos le dio la energía necesaria para levantarse de un salto y continuar su huída a gran velocidad. La cosa se complicó aún más cuando se despertaron los murciélagos. Era tal la cantidad de alas que colisionaban contra su cuerpo que tuvo que optar por tirarse al suelo y esperar unos segundos a que abandonaran el túnel. Se ganó unas cuantas picaduras, pero no le había quedado otro remedio. Una vez quedaron sólo las abejas, se levantó todo lo más rápido que pudo y volvió a echar a correr con más celeridad si cabe, sin dejar, por supuesto, de agitar constantemente su anchorcha, guía y obstáculo al mismo tiempo, ya que atraía a los insectos hacia su persona.
Menos mal que la salida no andaba ya muy lejos, porque estaba harto de tener que soportar aquel suplicio y agobio así como se notaba cansado de correr todo lo que le permitían sus piernas. Una vez en la jungla, y dado que era de día, vio con alivio cómo las abejas dejaban de seguir su antorcha para esparcirse por doquier. Tuvo tiempo entonces para curar sus heridas, la mayoría de las cuales tenían que ver con aguijones incrustados en su piel.
Decidido a conseguir la reliquia dorada, volvió a entrar en la gruta con la esperanza de hacerse con ella de una vez por todas. La solución, aunque un tanto basta, pasaba por utilizar pólvora para destruir la pared que ocultaba el objeto. Había riesgo de acabar destruyéndolo, pero siempre le quedaba la opción de venderle como materia prima. Así pues, gastó toda la pólvora que le quedaba y voló por los aires la pared. Eso sí, por si acaso se derrumbaba la estancia, virtió la sustancia a lo largo de toda la cueva, de modo que se encontró a salvo en el exterior en el momento de prender la larga mecha. La suerte estuvo de su parte esta vez: sólo se cayó la pared giratoria. Entre sus escombros halló la preciada figura más o menos intacta. Unos días más tarde, era expuesta en el museo de la universidad. En la vitrina se indicaba que su descubridora había sido la difunta Helen Williams y, por tanto, la persona a la que había que agradecer la presencia de la pieza en la sala. Indy no quiso poner su nombre para que el mérito fuera exclusivamente de ella. Era la forma en que quería que se la recordara: como una brillante arqueóloga. _________________ No olvides visitar mi blog:
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