claalc Agente

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Publicado: Mar Dic 18, 2007 6:12 pm Asunto: Indiana Jones: Suplantación de Identidad |
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>>> INDIANA JONES: SUPLANTACIÓN DE IDENTIDAD <<<
El tipo con el sombrero fedora y látigo seguía huyendo de la policía por los tejados de la ciudad de Persia con una reliquia de incalculable valor en el interior de su bandolera: la corona de Alejandro Magno. La había robado del museo de la ciudad. Los guardias del establecimiento habían avisado a las patrullas para que le persiguieran, pero les había dado esquinazo en repetidas ocasiones. Ahora, en los tejados, la cosa se había complicado aún más, dada la increíble agilidad del ladrón, que le capacitaba para saltar de un edificio a otro sin apenas esfuerzo. Llegó un momento en que le perdieron la pista entre los numerosos tendales de una de la azoteas.
Al día siguiente, lo encontraron almorzando en una terraza de un restaurante. Indy, desconocedor del motivo por el que los agentes se dirigían a toda prisa hacia su persona, esperó la debida explicación. Pero no la hubo: le llevaron directamente a una de las celdas de la comisaría de la zona. Pronto se enteró de que creían que había sido él quien había efectuado el robo de la corona de Alejandro Magno. Por fortuna, uno de los guardias del museo, que acudió al lugar a modo de testigo, no le identificó como el culpable. Vestía de una forma muy similar, pero su rostro carecía de los mismos rasgos.
No cabía duda: alguien le había tendido una trampa. Así el tipo ganaría el tiempo suficiente para huir de la ciudad sin mayores dificultades mientras las autoridades iban tras Indy. Se trataba de alguien realmente astuto. Indy debía dar con él si no quería que le volviera a suceder lo mismo en posteriores viajes. Así pues, pensando en lo acontecido, tenía la corazonada de que el impostor habría viajado en su mismo avión y se habría alojado en el mismo hotel. Era la mejor forma para que todos los indicios apuntaran a Indy como sospechoso del delito. Probablemente así hubiera sido, dada la rapidez con que las autoridades dieron con su paradero en el restaurante.
Sin pensarlo dos veces, se dispuso a regresar a su hotel lo más rápidamente posible. Para ello, compró a un individuo su caballo y atravesó las calles a buena velocidad. Gritaba a la gente a su paso para que se apartara, cosa que hacía con gestos asustados a la par que llenos de extrañeza. ¿Acaso aquel extranjero se había vuelto loco? ¿Qué era lo que le urgía tanto?
Una vez en el hotel, preguntó a la recepcionista sobre si había visto a un tipo en los últimos días ataviado con un sombrero y un látigo como los suyos. Afirmó que le había visto llegar el día anterior -el mismo en el que había llegado Indy- pero que se había marchado hacía escasos minutos. Indy casi olvida darle las gracias a la empleada de lo veloz que fue en regresar al exterior del edificio y montar de nuevo su caballo.
Había muchas formas de abandonar la ciudad, pero lo lógico era que hubiera comprado un billete de avión de ida y vuelta, tal y como había hecho él. Por tanto, no dudó en poner rumbo al aeropuerto. Afortunadamente, se encontraba a una distancia relativamente pequeña, la justa para que su caballo llegara sin apenas haber disminuido el ritmo. Una vez allí, el animal jadeaba asfixiado y agradeció enormemente el descanso que le proporcionó su dueño cuando le dejó de un salto a las puertas del edificio. El arqueólogo entró algo más sosegado. No quería llamar la atención de su enemigo. El problema estaba en que tenía sus dudas acerca de si iba a ser capaz de identificarle, ya que con toda certeza llevaría otra ropa para evitar a las autoridades. Lo único que le podría distinguir del resto era que llevara algún tipo de recipiente específico para guardar la corona. Debía tratarse de una pequeña maleta o caja para que sus puntas estuvieran bien protegidas de cualquier golpe.
De repente, algo llamó la atención de su vista: un tipo llevaba un cofre rectangular bajo el brazo del tipo que se utilizaba para llevar joyas valiosas. Además, el individuo llevaba zapatos del mismo modelo y color que los de Indy. Se dirigía hacia la puerta de embarque número 3: su vuelo estaba a punto de despegar. Indy fue a por él a paso ligero, sin llegar a correr, no sólo para que su oponente no se percatara de su presencia sino para seguir pasando inadvertido de cara a la gente y a las autoridades. Era posible, aunque poco probable, que los guardias del aeropuerto ya hubieran sido alertados de la apariencia del ladrón, es decir, tal y como iba vestido él en aquel momento: sombrero fedora, látigo y demás. Finalmente, logró situarse a su espalda.
- Disculpe, señor.- le dijo tras darle unos golpecitos en el hombro. El ladrón se dio la vuelta, recibiendo un potente puñetazo que le hizo caer al suelo. Indy se abalanzó sobre el cofre y trató de abrirlo, pero, como era de esperar, requería de una llave.- ¿Dónde está la llave? ¡Dámela!
Los pasajeros, pilotos y azafatas dejaron a un lado sus quehaceres, atónitos ante la disputa. Los guardias pronto acudieron al lugar a ver qué era lo que llamaba la atención de la gente, pero para entonces el ladrón ya estaba corriendo en dirección a la puerta de embarque con el cofre en su poder: se le había arrebatado de nuevo a Indy tras un breve pero intenso forcejeo. El arqueólogo le trató de dar alcance antes de que llegara al pasadizo que conectaba la terminal con el avión, pero tropezó con la maleta de un viajero. Eso le dio algo más de ventaja al delincuente, que ya veía la entrada al aparato al final del túnel en el mismo momento en que éste se alejaba lentamente con motivo de llevar a cabo el despegue. Indy hizo un último esfuerzo para correr aún más rápido, pues veía que no le iba a dar tiempo a detener a su rival. El ladrón tampoco lo tenía claro, más aún cuando vio a la azafata estirando el brazo para cerrar la puerta del avión. Sin dudarlo, lanzó el cofre con todas sus fuerzas, apuntando a la cabeza de la mujer. Sorprendida ante semejante ataque, no tuvo tiempo siquiera de cubrirse al cara, recibiendo un tremendo impacto que la hizo caer de espaldas completamente aturdida. Justo después, el criminal efectuó el mayor salto que fue capaz de realizar. Quedó demostrado una vez más su buen estado de forma cuando consiguió alcanzar el borde de la entrada. Dos segundos después, su perseguidor logró llevar a cabo otro magnífico salto, agarrándose a las piernas de su presa.
El equipo de la torre de control no daba crédito a lo que estaban presenciando. ¿Tanta importancia tenía ese vuelo con dirección a Chicago para aquellos dos tipos? Su asombro era tal que tardaron unos instantes más de lo debido en avisar al piloto para que detuviera el avión y cancelara el despegue.
Entretanto, el ladrón no cesaba en su empeño de quitarse de encima a su adversario, que se aferraba a sus pantalones como si su vida dependiera de ello. No era para tanto, pero una caída desde la altura a la que se encontraban sí que les provocaría alguna que otra lesión. A Indy, sin embargo, poco le importaba ese riesgo. Lo que verdaderamente le preocupaba era que su rival se saliera con la suya. Resultar derrotado le dolía más que cualquier tipo de lesión física. Más aún cuando le había involucrado de una manera tan personal. Si el guardia del museo no le hubiera diferenciado del auténtico delincuente, Indy se encontraría entre rejas en aquellos momentos acusado de un crimen que no había cometido.
Al arqueólogo le estaba costando lo suyo continuar agarrado. Las sacudidas de su oponente le habían hecho descender hasta la altura de los tobillos. Tenía que hacer algo. La siguiente bajada le podía hacer caer. Se le ocurrió coger su látigo para tratar de atarlo a la válvula circular situada en el interior de la puerta. No iba a ser nada fácil, ya que tendría que aguantar agarrado con una sola mano mientras efectuaba el latigazo con la otra. Viendo la carencia de opciones, optó por intentarlo. El ladrón se percató de lo que pretendía el americano, así que aumentó su esfuerzo por hacerle caer. Indy a duras penas lograba mantenerse con una sola mano. Lo probó en varios intervalos de unos pocos segundos pero las sacudidas de su rival le obligaban a volver a emplear su otra mano para sujetarse. Finalmente, aprovechando un momento de debilidad de su adversario, bastante cansado por el esfuerzo de soportar el peso de los dos, pudo ejecutar el latigazo, con tan buena fortuna que le ató a la válvula al primer intento.
Indy escaló entonces por el látigo hasta situarse a la altura de la puerta. Al mismo tiempo, el ladrón se encontraba reptando por la moqueta del avión. Justo cuando se estaba poniendo en pie, se le abalanzó Indy sobre su espalda, que había saltado desde la puerta, devolviéndole a su posición de tumbado bocabajo. El criminal comenzó a recibir todo tipo de puñetazos en las costillas. Luego su rival le tiró del pelo y le golpeó la cabeza contra el suelo repetidas veces. Ante semejante sarta de dolorosos golpes y la imposibilidad de moverse, el ladrón se vio obligado a rendirse y pedir clemencia. El arqueólogo le prometió dejarle en paz si le entregaba la llave que abría el cofre. El delincuente aceptó el trató, pero pidió que le permitiera ponerse en pie. Indy no se lo concedió: primero debía decir dónde ocultaba la llave. Respondió que en el interior del zapato izquierdo. Indy le dejó entonces que se desatara los cordones y se quitara el calzado, pero, eso sí, de sentado. Todo ello bajo estrecha vigilancia, de tal forma que cualquier movimiento en falso podría ser castigado con una buena patada a la altura de la boca. El ladrón cogió la llave, la enseñó un instante a su rival y, en un inesperado gesto, la lanzó al suelo a espaldas de Indy, aprovechando la distracción para extraer un cuchillo de la tobillera derecha. Por fortuna para el arqueólogo, sus reflejos le sirvieron bien, permitiéndole asestar una patada a la mano que sujetaba el arma blanca. El delincuente volvió a quedar indefenso y, finalmente, aturdido cuando Indy le dio una potente patada en la cara.
Recuperada la calma, tomó la llave, la insertó en la cerradura del cofre y, tal y como había adivinado, allí se hallaba la corona de Alejandro Magno. Entretanto, los guardias del aeropuerto ya habían llegado al lugar por la pista de aterrizaje, acompañados por una escalerilla motorizada. Así pudieron subir y atender a las explicaciones de Indy acerca del hurto. El ladrón fue después detenido y más tarde juzgado y encarcelado por mucho tiempo. El arqueólogo, por su parte, recibió la Medalla de Persia, siendo la única vez en la historia de la ciudad que se otorgaba a un extranjero. Pero para Indy aquella no era la verdadera recompensa sino el hecho de que la corona pudiera volver a ser contemplada en el museo de la urbe. Había recuperado un pedazo de la Historia de la Humanidad en favor de los propios seres humanos y no para el deleite de un único propietario deseoso de aumentar el prestigio de su colección. No es que estuviera en contra de ello. De hecho en eso consistía muchas veces su trabajo: en recuperar objetos para gente de clase alta. Simplemente no lo aceptaba con piezas tan sumamente valiosas como lo era aquella. _________________ No olvides visitar mi blog:
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