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Indiana Jones VS Jack Sparrow

 
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claalc
Agente


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MensajePublicado: Vie Nov 30, 2007 9:21 am    Asunto: Indiana Jones VS Jack Sparrow Responder citando

(es el de Piratas del Caribe)

>>> INDIANA JONES VS JACK SPARROW <<<

El piloto amerizó con el hidroavión cerca de la isla indicada por su cliente, el profesor Henry Jones Jr., al que debía llamar Indiana Jones. El arqueólogo le recordó que debía regresar a las nueve de la noche a recogerle. Si para entonces continuaba con las manos vacías, probablemente daría por perdido el tesoro que allí se ocultaba. Dadas las escasas dimensiones del islote, un día era tiempo más que suficiente para encontrar lo que buscaba.

- ¡Noooo! - oyó de repente Indy a lo lejos de aquella playa de fina y blanquecina arena.- ¡Espereeeeee! - fue lo que escuchó justo después. Agudizando la vista, pudo ver a lo lejos a un tipo, ataviado con curiosas indumentarias, corriendo todo lo que sus piernas le permitían, agitando los brazos en un gesto desesperado por hacerse ver. Una vez alcanzó la posición de Indy, le sobrepasó sin detenerse, sin mirarle, como si no hubiera nadie allí. El individuo continuó corriendo en dirección al hidroavión, que ya había despegado hacía unos cuantos segundos.

- Señor, ¿puedo ayudarle?- le preguntó Indy, intrigado por el comportamiento de aquel nativo. Pensaba que aquella diminuta isla estaría inhabitada, dada su posición geográfica, tan alejada del resto, pero parecía ser que no era así.

- Buenos días, buen hombre. Soy el capitán Jack Sparrow.- al arqueólogo le sorprendió la rapidez con que cambió de estado de ánimo el que parecía ser un pirata del Caribe: de estar completamente alterado ante el despegue del hidroavión, pasó a estar muy calmado, mostrándose educado e incluso presumido con sus peculiares andares.- ¿Y usted es...?

- Hola, yo soy Indiana Jones, arqueólogo.

- ¿Arquequé? Es igual. ¿Le importaría decirme qué le ha impulsado a desembarcar en esta isla? - a Jack le parecía extraño que alguien decidiera deliberamente excluirse del mundo en aquella prisión al aire libre. Era lo mismo que suicidarse, pero muy lentamente. De hecho, a él le habían castigado abandonándole allí.

- He venido a localizar un tesoro.- fue la respuesta de Indy. Al pirata le brillaron los ojos de tal forma que el americano se arrepintió de habérselo dicho.

- ¿Y cómo piensa disfrutar de tan valioso botín si no puede abandonar la isla?
- ¿Quién dice que no puedo? Usaré el mismo hidroavión que me ha traído. Volverá a las nueve.- le aseguró Indy.

- ¿Hidroqué? Es igual.- Jack nunca dejaba que le explicaran las cosas que no comprendía. Al fin y al cabo, carecían de interés para él. Lo único que verdaderamente le importaba era el dinero. Y la palabra "tesoro" y la posibilidad de escapar de la isla, habían llamado su atención sobre el individuo de extraño sombrero y látigo.- ¿Qué le parece si le echo una mano en la búsqueda?

- De acuerdo, ¿pero qué me exigirá a cambio?

- Tranquilo, sólo deseo abandonar este lugar. No me interesan en absoluto las riquezas que podamos encontrar.- si una cosa se le daba bien a Jack, esa era mentir. Indy creyó en la aparente bondad del hombre. Después de todo, le consideraba un simple vagabundo disfrazado con ropas de antaño.

Jack siguió los pasos de Indy mientras éste, a su vez, se basaba en las indicaciones de su mapa. Pronto llegaron a una pequeña cueva. Sus dimensiones les obligaron a entrar a gatas, algo que disgustó mucho al pirata, muy preocupado por ensuciar sus apreciados pantalones con el barro y la suciedad del suelo rocoso.

- Atento, Jack.

- Capitán Jack, si no le importa.- le interrumpió el pirata, siempre muy preocupado por su dignidad. A Indy le molestaban las formalidades, de ahí que hiciera un gesto de molestia.

- Si mi información es correcta, esta entrada está protegida con algún tipo de trampa. Mira por donde pisas.

- Será por donde gateas.- le corrigió Jack, indignado aún por aquella incómoda forma que debían emplear para desplazarse. Estaba deseando que el techo tomara altura. Sus rodillas ya se estaban empezando a quejar de apoyarse sobre un suelo tan duro. A Indy le sucedía lo mismo, pero le preocupaba más caer en el supuesto ardid que se ocultaba bajo aquellas rocas, así que dejaba a un lado el dolor para prestar la máxima atención posible a cualquier indicio que le advirtiese la presencia de un posible mecanismo.

La luz de la antorcha que llevaba tampoco le permitía discernir demasiados detalles en unas superficies tan similares. Peor aún lo tenía su compañero: al ir detrás de él -la escasa anchura del pasadizo no le permitía ir en paralelo- le hacía sombra. Eso fue lo que provocó que Jack no se percatara de la presencia de un palo de madera pintado de negro que sobresalía del techo, golpeándose la cabeza con él. Empezaron a caer entonces lanzas y más lanzas del techo, comenzando por la entrada de la cueva y avanzando hacia el interior en una progresión realmente rápida y amenazadora para el dúo.

- ¡Capitán Jack, póngase a rodar, vamos! - le instó Indy al pirata, que aún se rascaba la zona de la cabeza donde se había golpeado.
Ante la espeluznante visión de quedar ensartado como un pincho moruno, el dúo se tumbó de manera perpendicular al pasadizo y puso todo su empeño en avanzar rodando como si fueran troncos. La leve inclinación descendente de la cueva se fue incrementando, lo que les permitió aumentar su velocidad y reducir su esfuerzo. Entretanto, las lanzas seguían atravesando el techo para clavar sus puntas sobre el suelo rocoso. Resultaba realmente impresionante el gran número de ellas que caían, formando una especie de telaraña de madera. Una telaraña que impedía el paso de regreso al exterior, para desgracia de los aventureros.

Lo que parecía el final del trayecto se encontraba ya muy próximo. Indy sospechaba que así fuera porque el techo alcanzaba una altura bastante superior en un tramo que, además, estaba moderamente iluminado. Debía haber algún tipo de abertura, lo que ya le hizo pensar que por ahí podía estar una probable salida, ante la imposibilidad de utilizar el mismo acceso que habían empleado para entrar.

Una vez llegó a esa zona, se detuvo y se puso en pie rápidamente para que su compañero no le golpeara en su peculiar avance. Eso le permitió ver que a tan sólo dos metros de su posición, el suelo de la cueva poseía un corte vertical, lo que le hizo pensar en la existencia de una posible trampa en caso de que uno no se detuviera a tiempo. Fue el caso de Jack: mareado a más no poder, debido especialmente a que había ingerido ron a lo largo de la noche anterior y parte de aquella mañana, se vio incapaz de pararse a pesar de las advertencias de su compañero de fatigas. Así pues, cayó a lo largo del metro y medio del corte rocoso, dando a parar a un pequeño estanque plagado de erizos de mar. Los pinchazos que le provocaron le hicieron abandonar el agua a una velocidad como nunca antes lo había hecho en su vida. Dolorido de pies a cabeza, comenzó a quitarse todas y cada una de las púas, dando pequeños gritos con cada movimiento.

- ¿Bailando al son del ron, capitán? Ja, ja, ja.- Indy no pudo hacer otra cosa que echarse a reír a carcajada limpia, para mayor fastidio del lastimado pirata.

El arqueólogo saltó sin mayores dificultades por encima del estanque mientras su socio terminaba de recuperar la normalidad. Continuaron entonces con el avance hasta que, al fin, dieron con el ansiado tesoro.

- Ahí está: el Cofre del Hombre Muerto.- proclamó Indy, ilusionado.

- ¡Eso es imposible! - gritó Jack alarmado. Conocía muy bien ese objeto y sabía que no podía estar allí.- El auténtico Cofre del Hombre Muerto lo tiene Davy Jones, ¡estoy convencido de ello!

Sin embargo, al acercarse para verlo de cerca, comprobó que su aspecto era idéntico. El color de su madera, el estilo de sus remaches, incluso la cerradura, guardaban una similitud asombrosa. Tal es así que si pusieran el que él consideraba "auténtico" junto a ese otro, sería incapaz de distinguirles. La única forma de descubrirlo sería abriéndole, pero, ¿cómo lo iban a hacer sin la llave? ¿Acaso también existía un duplicado de ella?

Así era: Indy la sacó de su bandolera de cuero. La había obtenido en otra de las muchas islas del Caribe tras no pocas investigaciones. Jack no salía de su asombro. Impaciente a más no poder, instó a su compañero a que la introdujera en la ranura. Se oyó un pequeño chasquido y el arqueólogo abrió la tapa. En el interior había un corazón... pero de oro. A Jack casi se le salen los ojos de las órbitas: ¡esa pieza debía valer un buen montón de dinero! Sin embargo, por otro lado se sentía decepcionado: si llega a ser el auténtico corazón de Davy Jones, hubiera podido acabar con él de una vez por todas y olvidarse, al fin, de la deuda de sangre que había contraído con él hacía tiempo. También pensó en una tercera posibilidad: aquel corazón podía tener algún tipo de poder mágico, algo que sin duda le vendría muy bien en su batalla contra el embrujado pirata. Quizá su querida Tia Dalma podría ayudarle a averiguarlo. En cualquier caso, había una cosa que tenía muy clara: debía hacerse con aquel corazón, fuera como fuese, a cualquier precio.

Indy, por su parte, sólo pensaba en cómo iban a salir de aquella prisión subterránea. Observó que en aquella estancia también había orificios en el techo. Se trataba de una serie de chimeneas bastante estrechas. Demasiado estrechas. Tal es así que sólo había una o dos por las que podrían pasar sin quedarse atascados en el intento. Al menos se encontraban a una altura fácilmente alcanzable: bastaría con que uno pisara sobre los hombros del otro para aferrarse a los primeros salientes. Luego habría que escalar.

- Capitán Jack, aúpame. Subiré por ese conducto.- le ordenó Indy.- Una vez llegué arriba, te lanzaré mi látigo.

- ¿Y por qué vas a ir tú primero? ¿Por qué he de fiarme de ti? - cuestionó Jack.

- Porque te quedarás con el corazón de oro.- aquella respuesta dejó mucho más tranquilo al pirata, ya que le aseguraba que no iba a ser abandonado... como en tantas ocasiones le habían hecho a lo largo de su vida.

El arqueólogo pisó entonces sobre las manos de Jack. Éste le impulsó hasta permitir a su compañero apoyar sus zapatos sobre sus hombros. La cara de disgusto que puso tras ver ese movimiento dejaba bien a las claras que al pirata le molestaba en gran medida que se ensuciara su traje. El barro había invadido su torso. "Al menos el pañuelo sigue limpio", pensaba a modo de consuelo. Pero justo después Indy se vio obligado a pisar sobre él, situado en su cabeza, para poder alcanzar la abertura rocosa. "Estupendo", susurró mientras el barro comenzaba a gotear por su frente.

Tal y como esperaba, su socio continuó el ascenso y, ya en la superficie, situada a unos pocos metros, le hizo llegar su látigo. Jack subió sin apenas esfuerzo: tan sólo debía dejarse izar como si fuera una bandera. Indy, por el contrario, mostraba claros síntomas de agotamiento. Primero había tenido que escalar. Sin apenas descanso, se había tenido que encargar de tirar de su compañero. Nada más terminó la operación, se sentó sobre la hierba, exhausto, con la intención de recuperar el aliento.

Entre que descansaron y volvieron al lugar de la playa donde Indy había quedado con su piloto, apenas les sobraron unos cuantos minutos antes de que el reloj marcara la hora acordada: las nueve de la noche. El hidroavión amerizó con una puntualidad asombrosa. Sin embargo, al dúo se le había hecho demasiado corta la espera.

- ¡Únete a la fiessssta, Johnny! - gritó Indy con un acento que evidenciaba su borrachera. Jack le había invitado a un trago de ron para celebrar el éxito de la expedición. Y es que si había algo de sobra en aquella isla era aquella bebiba, la favorita del pirata, escondida allí por unos contrabandistas. Un sorbo llevó a otro. Una botella condujo a la siguiente. Se lo estaban pasando en grande, de modo que la llegada del transporte que les llevaría de vuelta a casa les supuso más un desagrado que una satisfacción.

- ¡Espere, Johnny, ha de llevarme con usted! – de pronto, Jack echó a correr en dirección al aparato sin problema alguno de equilibrio. Todo había sido una de sus tretas para abandonar la isla llevándose consigo la preciada reliquia dorada. El pirata había hecho con Indy lo que una vez intentó sin éxito Marion con Belloq con motivo de huir de un campamento nazi. Indy estaba beodo, pero conservaba la suficiente cordura como para percatarse de la traición de su compañero.

- ¡Detente, maldito embustero! – le dijo apuntándole a duras penas con su Magnum del 45. El cañón del arma temblaba en su mano y su visión era borrosa, como si mirase a través de unas gafas que no eran las suyas.

- Adelante, dispárame. Con lo borracho que estás, dudo mucho que dés en el blanco.- le contestó Jack, desafiante. A Indy no le gustaba matar a sangre fría, pero si debía hacerlo para conservar la pieza motivo de su expedición, lo haría. Así que deslizó el dedo índice sobre el gatillo y le presionó con fuerza una vez estuvo convencido de que apuntaba en la dirección correcta. Lo único que se oyó entonces fue un leve chasquido: la pistola estaba descargada. Lo intentó repetidas veces, pero el sonido fue el mismo en todas ellas.- Veo que no te quedan balas. A mí al menos me queda una, jajajaja.- le respondió divertido el que fuera su socio, señalando la pistola que colgaba de su cinturón. Le había vaciado el cargador de la Magnum durante la fiesta. Despreocupado, Jack se dio media vuelta y continuó caminando rumbo al hidroavión. El piloto observaba incrédulo la escena. Pensó en arrancar el aparato y dejarles a los dos, pero cambió de idea cuando sus ojos captaron la pistola que portaba el pirata. Pocos después, tenía el cañón apoyado sobre su sien.

Puso el motor en marcha. Las hélices comenzaron a girar. Jack no dejaba de sorprenderse ante la cantidad de novedosos mecanismos que estaba contemplando y, en otros casos, escuchando. Aquella iba a ser una experiencia realmente asombrosa: iba a volar como un pájaro. El avión se despegó del agua tras recorrer unas docenas de metros y empezó a tomar altura. Fue en ese preciso instante cuando recordó que padecía de vértigo. ¿O quizá era fruto del ron? Al fin y al cabo, había bebido. No tanto como el arqueólogo, pero sí tuvo que tomar un par de tragos para que la treta funcionara. Fuera lo que fuese, el caso es que comenzó a encontrarse realmente mal. Le invadió una sensación de calor insoportable de tal magnitud que optó por quitarse su chaleco. Luego notó ciertas incomodidades en torno a sus tripas. Pronto la molestia se convirtió en ganas de vomitar. Incapaz de soportarlo, abrió la puerta de su derecha para efectuar el desagradable vertido. Pero cuál fue su sorpresa cuando un fortísimo viento invadió la cabina. Sorprendido por la gran velocidad a la que se desplazaban y atraído hacia el exterior por la fuerte corriente, se vio incapaz de sostenerse en el asiento, de modo que cayó hacia el mar. El susto que le propició el descenso le hizo vomitar definitivamente. No podía haberlo hecho en peor momento: una mezcla de ron y comida recorrió toda su cara y parte de su apreciada indumentaria. Su desagrado pronto desapareció, ya que la inmersión en el agua le limpió de tanta suciedad. Sin embargo, pasó a convertirse en enojo, cuando recordó que no llevaba el chaleco, donde había guardado el corazón de oro. “¡Por todos los dioses de todos los mares!”, gritó mientras se esforzaba por mantenerse a flote.

Entretanto, el piloto sentía una mezcla entre sorpresa y alegría. Sorpresa porque nunca hubiera pensado que existiera alguien tan sumamente torpe como para caer desde un avión de forma involuntaria. Alegría porque ya no había nadie apuntándole con una pistola en la cabeza. Pensó entonces en dar media vuelta y poner rumbo a la isla para recoger a su cliente. Tras meditar durante un buen rato, optó por no hacerlo. Le había caído muy simpático cuando le contrató. La suma que le había pagado era algo superior a lo que normalmente solía cobrar. Sin embargo, el hecho de descubrir que portaba un revólver le convenció de que sería mejor abandonarle a su suerte. Por nada del mundo se iba a arriesgar a pasar de nuevo por la misma situación de agonía y tensión.

Apenas media hora después, el hidroavión se posaba suavemente sobre la orilla de otra isla, aquella en la que el piloto residía. Calculó, como siempre, que el desplazamiento del amerizaje le dejara justo al lado del muelle de desembarque. Abrió la puerta del copiloto –aquella por la que había caído su secuestrador- y, nada más pisar los tablones de madera del muelle, oyó una voz procedente del agua. Se acercó al lugar donde se oía aquel susurro, llegando hasta el flotador del ala derecha. Haciendo uso de su linterna, pudo discernir una figura humana agarrada a la estructura que unía el ala con el flotador. “No puede ser”, pensó totalmente alucinado. Había visto cómo el pirata caía y se sumergía en la profundidad de las aguas. Es más, los más de tres metros que separaban ese flotador de la puerta del copiloto hacían imposible por completo que hubiera sido capaz de aferrarse a él. Saltó entonces sobre el flotador y al ver más de cerca al hombre, vio que llevaba un sombrero que le resultaba familiar: era su cliente, Indiana Jones. El arqueólogo demostraba así su valía una vez más. Incluso bajo los efectos del alcohol había sido capaz de correr hasta donde se hallaba el hidroavión y no sólo se había agarrado a ese soporte sino que además había logrado aguantar tan incómoda y peligrosa posición durante todo el trayecto. No era de extrañar, por tanto, que le temblara todo el cuerpo, pues el frío que había tenido que pasar había tenido que ser poco menos que insufrible.

El piloto, visiblemente preocupado por la salud del valiente aventurero, lo llevó a su casa, cuidó de que recuperara la temperatura corporal a base de mantas y sopa y le permitió pasar la noche en su vivienda. Al día siguiente, conmovido aún por haber estado a punto de verle perecer, decidió regalarle el viaje de regreso a Kingston, la ciudad donde podía tomar un vuelo que le llevara de vuelta a casa.

Mientras caminaban por el muelle, charlaban acerca del cómico desenlace de Jack, riéndose en buena medida tanto por esa situación como la vivida momentos antes en la playa de la isla. John entró en el hidroavión seguido de Indy. Fue entonces cuando el arqueólogo dejó de hablar de repente. Se quedó mudo y con la mirada fija en los asientos traseros. Estiró el brazo lentamente y agarró una prenda. Examinó su bolsillo izquierdo. No encontró nada. Examinó el derecho. Tampoco. Finalmente, accedió al bolsillo interior de lo que parecía ser un chaleco. Un resplandor amarillo surgió de su mano derecha: era el corazón de oro. Indy no pudo imaginar un final mejor para aquella expedición. La alegría que sintió en aquel momento, tan emotivo como pocas ocasiones en su vida, lo hacía realmente único e inolvidable, más aún que si hubiera conseguido la valiosa pieza sin haber pasado por todos aquellos obstáculos.
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