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Indiana Jones y el Cuerno de Oro

 
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claalc
Agente


Registrado: 14 Ago 2007
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MensajePublicado: Lun Dic 17, 2007 9:36 am    Asunto: Indiana Jones y el Cuerno de Oro Responder citando

>>> INDIANA JONES Y EL CUERNO DE ORO <<<

- No me lo puedo creer, Jennifer, ¡después de todo lo que hemos pasado juntos!- dijo Indy totalmente sorprendido ante la traición de su compañera en aquella aventura. Le estaba apuntando con una pistola mientras llegaban al lugar los hombres de Michael, un grupo de paramilitares cuyo único interés en la pieza arqueológica de la ocasión -un cuerno de oro- era utilizar sus supuestos poderes destructivos para derrocar al gobierno del país e iniciar una dictadura según sus conveniencias e ideales.

- Lo siento, Indy. Admito que hemos pasado muy buenos momentos juntos, incluso he estado a punto de enamorarme de ti, pero desde un principio mi objetivo era la reliquia. La necesito para instaurar un nuevo y mejor gobierno.- explicó la mujer.

- Dirás una nueva dictadura.- corrigió Indy, visiblemente cabreado. Jennifer se quedó pensativa. Sí, se podía considerar una dictadura, pero era necesario si querían mejorar las condiciones de vida en el país. Los planes de su prometido, el propio Michael, así lo estipulaban.

- Veo que tienes la situación controlada, cariño.- comentó el líder, antiguo coronel del ejército nacional, enfatizando la palabra "cariño" para molestar al arqueólogo. Michael era un tipo alto y musculoso, de cuidada barba y traje militar impecable, en especial sus botas, relucientes como así era habitual en todo soldado que se precie de serlo. El militar observó el látigo que colgaba del cinturón de Indy. Luego se llevó una mano a la cicatriz que dividía su cara en dos, aún en proceso de curación. Su rival le había atizado con el peculiar arma en su encuentro previo, hacía algunas horas. Desde entonces le había estado persiguiendo, sabiendo de antemano que Jennifer le llevaría al embarcadero en el que ahora se hallaban. Así, tal y como estaba previsto, el arqueólogo estaba a su merced cuando se disponía a embarcarse rumbo al aeropuerto más cercano, localizado al otro lado de aquel golfo.- Atadle las piernas y las manos con su propio látigo. Luego atadle a la lancha y hundirla. Bonita forma de eliminar a los adversarios, ¿verdad, Jenny? Tendremos que hacer algo parecido con la oposición política; así no dejamos rastro.

Aquel comentario le dio qué pensar a la joven. ¿Acaso no le había prometido que instaurarían la dictadura de manera pacífica?

- Pues sí, es una excelente idea para un nuevo y mejor gobieno, ¿no, Jennifer? - el comentario de Indy le hizo continuar sumida en sus pensamientos.
Una vez el arqueólogo estuvo amarrado y bien amarrado, los soldados dispararon repetidas veces a la lancha. El agua comenzó a brotar sobre su suelo de madera. La línea de flotación inició su lento pero incesante descenso hacia la profundidades marinas. Luego empujaron a Indy al agua. El americano comenzó a hacer todo tipo de movimientos para tratar de deshacerse de sus ataduras.

- Mirad cómo se mueve, jajajajaja.- se reía Michael.- ¡Parece un pez recién pescado! - sus compañeros le rieron la gracia... a excepción de Jennifer, cuya expresión dejaba bien a las claras que la escena le estaba afectando sentimentalmente. Quizá se había equivocado al traicionar a Indy. Quizá se había enamorado de él de verdad. O quizá simplemente estaba en desacuerdo con lo que su prometido tenía pensado hacer con aquellos que se opusieran a su liderazgo. El caso es que ya no tenía tan claro seguir al lado del coronel. Sin embargo, probablemente por miedo, siguió al grupo cuando se montaron en los dos jeeps.

Entretanto, Indy ya no llevaba su característico sombrero fedora: había quedado flotando en la superficie mientras él irremediablemente continuaba su descenso. Por más que lo intentaba, no lograba aflojar el látigo. Los militares le habían atado a conciencia. El tiempo, además, corría en su contra: sus pulmones contaban cada vez con menos oxígeno.

El final estaba ya peligrosamente cerca cuando alguien se sumergió en las aguas. Gracias a la transparencia de las mismas, logró discernir de quién se trataba: era Jennifer. La mujer había logrado toda una proeza para zafarse de Michael y sus hombres. Se había hecho con una ametralladora, luego había saltado de su jeep y había disparado contra los depósitos de gasolina tanto de uno como de otro. Su precisa puntería, refinada irónicamente por el propio coronel, hizo el resto, provocando la explosión de sendos vehículos en un millar de pedazos sin que sus ocupantes hubieran tenido tiempo de responder.

Antes de desatar a su querido doctor Jones, Jennifer le besó con motivo de darle algo de oxígeno. Indy nunca antes había apreciado tanto un beso como aquel. Sentía que había vuelto a nacer y eso que aún quedaba camino por recorrer en aquella operación de rescate. Luego la mujer sacó el puñal que siempre llevaba en una espinillera y rasgo el látigo por ambos extremos, liberando los brazos y piernas del arqueólogo, que no tardó en poner rumbo a la superficie. Segundos más tarde, pudo tomar el oxígeno que tanta falta le hacía en grandes bocanadas. Su compañera hizo lo mismo.

Sin tiempo para articular palabra, la pareja se quedó atónita al ver a uno de los militares sobre el embarcadero de madera: era ni más ni menos que Michael. Presentaba numerosas quemaduras y se distinguía fácilmente que le estaba costando mantenerse en pie. Sus ropas estaban teñidas de rojo, al igual que sus botas, que ya no relucían como hacía escasos minutos. A pesar de sus cuantiosas lesiones, aún tenía la energía suficiente -la que le proporcionaba sus ansias de venganza- para apuntarles con una ametralladora.

- El puñal, rápido.- le susurró Indy a su compañera, que se le pasó por debajo del agua. Con un gesto rápido como cuando sorprendía a sus enemigos empleando su látigo, el arqueólogo le lanzó el arma blanca, con tan buen tino que le acertó a la altura del cuello. La pareja suspiró de alivio al ver que el coronel dejaba caer su ametralladora poco antes de desplomarse sin vida sobre los tablones del suelo.

La pareja pudo entonces volver a besarse, esta vez a modo de agradecimiento: ella le había salvado la vida a él bajo el agua; él a ella, en la superficie. Su alegría no podía ser mayor, especialmente en el doctor Jones, emocionado ante la redención de Jennifer. El problema vino cuando la mujer le explicó la manera en que se había zafado de los militares.

- ¡¿Que has hecho qué?! ¡Habrás destrozado el cuerno de oro!.- le reprochó Indy. Jennifer estaba a punto de enfadarse cuando el arqueólogo le guiñó un ojo: sólo era una broma. Se rieron un buen rato mientras se salpicaban el uno al otro con el agua.

Antes de subir al embarcadero, Indy recuperó su querido sombrero. Lamentaba haber perdido el látigo, pero tampoco mucho, ya que le cambiaba con cierta frecuencia para evitar su desgaste. Su vida dependía de él cuando le empleaba para colgarse, así que cambiarle era algo no sólo recomendable sino más bien imprescindible. Pero con su sombrero era diferente: le conservaba desde que un día se le regaló un tipo al que arrebató la cruz de Coronado, cuando era un joven ávido de aventuras y vivía con su padre en Utah.

Una vez pisaron tierra firme, Jennifer no quiso mirar el despojo humano en que se había convertido el que fuera su prometido. Sin embargo, vislumbró una pequeña bandolera de cuero cerca del cadáver. "No puede ser", pensó mientras su rostro mostraba la mejor de sus sonrisas: ¡ahí había guardado el cuerno de oro! No sabía cómo pero a Michael le había dado tiempo a cogerla del asiento antes de abandonar el jeep lo suficientemente rápido como para sobrevivir a la explosión. Indy también se quedó ensimismado de júbilo al contemplar la valiosa reliquia. La había dado por perdida, al igual que su compañera. No obstante, habría estado dispuesto a inspeccionar los restos de los dos jeeps en un último intento por conseguirla. Ya no iba a hacer falta.
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