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Indiana Jones y el Espejo de Medusa

 
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claalc
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MensajePublicado: Jue Dic 27, 2007 4:22 pm    Asunto: Indiana Jones y el Espejo de Medusa Responder citando

El último de mis 20 relatos. En breve los subiré en descarga directa, en formato Word...

>>> INDIANA JONES Y EL ESPEJO DE MEDUSA <<<

Era dificil de creer, pero más valía no confiarse. Al fin y al cabo, Indy ya había visto de todo en su profesión. La leyenda decía que el mítico Espejo de Medusa poseía la misma habilidad que la propia diosa de la mitología griega: convertía en piedra todo aquello que se reflejara en él. De ahí que el arqueólogo, a punto de acceder a la estancia en la que se hallaba el objeto, lanzara primero un puñado de tierra al aire a través del arco de entrada. Si su información era correcta, el espejo se hallaría justo frente a ese arco, de modo que, si su poder era real, la tierra caería al suelo transformada en una roca.

Y así fue. El sonido que hizo al colisionar contra el suelo le bastó para saberlo. Debía pensar algo entonces para lograr acercarse evitando, a su vez, ser reflejado. Se le ocurrió utilizar una de las mantas que había usado durante sus acampadas en el trayecto que le llevó hasta aquel templo. Incrustado en la roca de una montaña, el lugar le recordaba en cierta manera a aquel en el que había encontrado el Santo Grial junto a su padre, Sallah y Marcus.

Así pues, desplegó la manta, levantándola con los brazos estirados hacia arriba. De esta forma, si la intuición no le fallaba, obtendría un panel rocoso que le mantendría a cubierto. Por fortuna para el intrépido aventurero, su plan salió tal y como había esperado. El mayor problema estuvo en que casi se le quedan incrustados los dedos durante la rápida transformación. Menos mal que los quitó con rapidez antes de que el avance de la roca sobre la tela se los atrapara. Fue entonces cuando pudo iniciar su aproximación al espejo sin temor alguno. Eso sí, tenía que ejercer bastante fuerza para arrastrar consigo la peculiar lámina de piedra, la cual no podía agarrar lateralmente porque existía el riesgo de que sus dedos se vieran reflejados en el espejo. En vez de eso tenía que empujarla, tratando de mantenerla inclinada hacia sí para que no se cayera hacia adelante, dada su escasa anchura. Agradeció enormemente que el suelo fuera completamente liso. Cualquier pequeño bache o irregularidad en la superficie, podría haberle complicado la ya de por sí delicada situación. Únicamente se llevó un pequeño susto cuando notó que había golpeado algo en su avance. Algo que tuvo que seguir arrastrando para poder continuar. No tardó en recordar que se trataba del puñado de tierra convertido en roca que había lanzado hacía unos minutos.

Poco después, llegó hasta donde quería llegar: la pequeña escalera de tres escalones que daba a la tarima donde se encontraba el espejo. Sólo tuvo que dejar caer el panel rocoso hacia sí y salir por uno de sus lados para alcanzar la pared de la reliquia pasando por fuera del ángulo de reflexión. Por último, cogió otra manta y tapó el cristal con suma presteza, de forma que, ante la falta de luz, nada se pudiera reflejar en él. Le descolgó y se dispuso a romperle, ya que lo único que le interesaba, como era obvio, era su elaborado marco de bronce. Pero, de repente, oyó unos pasos en el pasillo exterior que conducía a aquella sala. El ruido de las botas le dejó claro que se trataba de los soldados nazis que le habían estado siguiendo desde que iniciara su expedición unos días atrás.

Sin dudarlo, destapó de nuevo el espejo y le sujetó por delante de su cuerpo, como si de una coraza se tratase. Cualquiera que intentara dispararle, quedaría petrificado antes de que pudiera apretar el gatillo, como comprobó el primero de los militares que cruzó el arco de entrada. El segundo, atónito al ver a su compañero convertido en piedra, tardó en reaccionar lo suficiente como para cometer el mismo error. Incluso el tercero vio cómo su brazo quedaba envuelto en un manto rocoso. Ahora su pistola formaba parte de su mano. El general al mando de aquel pelotón, compuesto de una quincena de subordinados, ordenó detener el avance. Debían planificar algún tipo de estrategia para enfrentarse a aquella magia. Pero Indy no les dejó tiempo: salió corriendo de la estancia, enfocándoles con el espejo. El soldado que había visto cómo su brazo se convertía en piedra acabó por transformarse en algo parecido a una estatua.

Sólo unos pocos consiguieron huir antes de que su reflejo les provocara la más extraña de las muertes. Entre ellos se encontraba el general, que ordenó disparar hacia atrás mientras corrían a más no poder en dirección a la salida del templo. Indy, por su parte, tuvo que pasar lentamente entre los soldados de piedra para que el cristal del espejo no se rayara. Era lógico pensar que un pequeño rasguño podría ser suficiente para que la reliquia perdiera el poder que tanta falta le hacía en aquellos momentos. El tiempo que se retrasó a la hora de perseguir a los nazis permitió al líder de éstos idear la forma de hacer frente a tan mortífera arma.

- ¡Apagad las antorchas, vamos! Así no nos reflejaremos en el espejo.- vociferó. Sus compañeros obedecieron sin rechistar, como de costumbre. Sin embargo, no entendían cómo iban a poder disparar al enemigo en la más absoluta oscuridad. Luego vieron que esa falta de luminosidad afectaría igualmente a su rival, que se vio obligado a posar el espejo en el suelo, de cara a la pared, para encender su propia antorcha. Intentó llevar el espejo a la vez, pero era demasiado pesado como para aguantarlo con una mano y la muñeca de la otra.

Por fortuna para el arqueólogo, se le ocurrió la solución a tan peliagudo problema. No era muy ortodoxa, pero podía dar resultado. Tampoco es que tuviera muchas más opciones, así que se decidió por ella. Consistía en llevar la antorcha encendida en equilibrio sobre su pie derecho, de forma, claro está, que la llama sobresaliera por delante del zapato. Así avanzó con lentitud hasta que llegó al recodo tras el cual le estaban esperando los alemanes. Nada más situarse en línea recta con ellos, lanzó la antorcha con el pie todo lo más lejos que pudo con motivo de que cayera más o menos en el centro del pelotón. De esta forma, los nazis quedaron iluminados los instantes necesarios como para que el espejo les reflejara, convirtiendo en piedra varias porciones de sus cuerpos antes de que la antorcha en sí se transformara en un extraño decorativo rocoso. La oscuridad volvió a invadir el lugar, al contrario que el silencio, que dejó paso a las lamentaciones y gritos de los soldados al contemplar y sentir que varias partes de su piel se habían hecho de piedra. El general era, con toda claridad, el más afectado del grupo. La mitad de su cabeza era ahora pura roca, al igual que el brazo y la pierna derechos y la mano izquierda. Sus subordinados tuvieron algo más de suerte, pero en todos los casos habían quedado bastante afectados. Las armas de algunos de ellos formaban parte ahora de sus manos. Otros se veían incapaces de apretar el gatillo con sus dedos petrificados.

Indy se dispuso a retroceder a oscuras con motivo de regresar a la estancia del espejo y hacerse con otra antorcha de las muchas que había en sus paredes. De nuevo, cuando llegó a la zona donde varios soldados habían pasado a ser estatuas, caminó con sumo cuidado para que no se rasgara el cristal. Entretanto, el general y sus esbirros, llenos de furia y ávidos de venganza, avanzaron como pudieron, ya que casi todos tenían alguna porción de superficie rocosa en sus piernas.

El nerviosismo que le produjo el hecho de ser perseguido en la oscuridad le hizo tropezar. Como consecuencia, el espejo se golpeó con una de las estatuas, resquebrajándose en parte. Una vez llegó a la estancia iluminada, probó a lanzar tierra en la trayectoria en la que enfocaba el objeto pero, en efecto, nada ocurrió. El poder había desaparecido para siempre. Ahora debía hacer frente a cinco nazis "mutantes" empleando sus armas habituales: un látigo y una pistola Magnum del 45, a la que sólo le quedaban tres balas debido al uso que tuvo que hacer de ella durante la expedición, cuando se topó con un oso pardo primero y un lince después. Los parajes griegos podían ser tan peligrosos como la más salvaje de las selvas africanas.

Esperó a que el primero de sus adversarios atravesara el arco de entrada tras posar el espejo en un rincón de la sala. En cuanto entró, le disparó pero, por desgracia, le acertó en su brazo de piedra. La bala quedó incrustada en ella, de modo que no llegó a la carne. Cuando repitió la acción, el soldado le dio la espalda y, como también ésta se componía de roca, la bala se deshizo en pedazos. "A la tercera, va la vencida", pensó Indy justo antes de efectuar el tercer y último tiro. Esta vez sí que logró herir a su rival, que cayó al suelo con una herida letal en el pecho, por la cual perdió la vida segundos después.

El problema estaba ahora en la llegada de los otros dos alemanes. Tomó su látigo y comenzó a atacarles con él. Pero ni siquiera consiguió detener su avance, ya que allí donde les golpeaba, su piel de piedra evitaba cualquier atisbo de dolor. Y es que pocas porciones de sus cuerpos estaban aún formadas de carne, lo que les convertía prácticamente en luchadores con armadura. Esta elevada protección tenía, sin embargo, un claro inconveniente: les ralentizaba en sus movimientos. De ahí que una vez Indy dejó a un lado su arma y se dispuso a combatir cuerpo a cuerpo, fuera capaz de esquivar las ofensivas de los formidables oponentes sin demasiados esfuerzos. Menos mal que así era: el arqueólogo no quería ni pensar en las consecuencias de recibir un gancho con un puño de roca.

Gracias a esta ventaja de agilidad, Indy estaba muy cerca de la victoria. Un par de ataques más por su parte y los nazis caerían aturdidos al suelo. Pero cuando mejor pintaban las cosas, un fuerte golpe a la altura del pecho le impulsó hacia atrás algo más de dos metros, cayendo al suelo con un terrible dolor en las costillas. Esperaba que no se le hubiera fracturado ninguna, cosa nada dificil si se tiene en cuenta que había sido un trozo de roca la que había propiciado el impacto. Movido por el miedo a ser pataleado por aquellas piernas de piedra que avanzaban sin prisa pero sin pausa hacia su posición, el americano se puso en pie con presteza y, lo mejor de todo, con una idea en mente de cómo podía derrotar a sus adversarios. Precisamente fue el hecho de haber caído al suelo lo que le hizo pensar que unos barridos podían darle la victoria. Así pues, se lanzó al suelo con las piernas por delante y les atacó a la altura de los tobillos. Los nazis cayeron de espaldas uno detrás del otro. Por más que lo intentaron, no lograron volver a ponerse en pie. Sus articulaciones rocosas se lo impedían o al menos les llevaría su tiempo. Un tiempo que Indy aprovecharía para marcharse del lugar con el espejo.

Se dispuso a tomar una antorcha. Fue entonces cuando discurrió la forma de deshacerse de los dos nazis que le esperaban en las sombras del túnel, uno de los cuales era el general. Cogió más antorchas, caminó en dirección a la salida y lanzó todas ellas todo lo más fuerte que pudo. Los alemanes, que desconocían que el espejo se había roto y, en consecuencia, había perdido su poder, pensaron que Indy quería que, gracias a la luz, se vieran reflejados en el cristal. Se dieron la vuelta y trataron de correr lo más rápido que eran capaces para salir del templo. Al igual que sus compañeros, se vieron incapaces de levantarse una vez cayeron al suelo tras intentar desplazarse en tan deplorable estado físico con tanta urgencia: ambos tenían un buen porcentaje de sus piernas convertido en roca. Indy se despreocupó de ellos por completo. Retrocedió hasta la sala, cogió el espejo y salió del templo mientras los nazis continuaban tratando de erguirse.

No se le presentó ningún otro obstáculo de vuelta al pueblo desde el que partió. Sólo le faltaba tomar un medio de transporte hasta la capital, Atenas, donde se subiría en el primer avión con destino a su casa.

Una vez en la universidad, llevó a Marcus a su despacho para enseñarle una sorpresa. En aquella ocasión, no le había dicho qué reliquia iba a buscar. Por ese motivo, le había puesto una tela por encima para hacer una presentación más llamativa y, al mismo tiempo, gastarle una broma.

- ¡Tachán! ¡El Espejo de Medusa! - exclamó Indy a la vez que quitaba la tela que cubría la reliquia. Marcus, aterrado, se tiró al suelo para evitar el reflejo y la consiguiente petrificación. Su socio se rió a carcajada limpia antes de explicarle que debido al resquebrajamiento del cristal, carecía de su abrumador poder. Podían exhibirle en el museo junto al resto de piezas de su impresionante colección sin temor a que los visitantes se quedaran de piedra... en el sentido más literal.
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