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Indiana Jones y el Secreto de la Torre de Pisa

 
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claalc
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MensajePublicado: Jue Dic 20, 2007 9:10 am    Asunto: Indiana Jones y el Secreto de la Torre de Pisa Responder citando

>>> INDIANA JONES Y EL SECRETO DE LA TORRE DE PISA <<<

Indy se hallaba en las afueras de Roma cuando, de repente, alguien le puso un paño en la boca humedecido con cloroformo. Una vez despertó, no sabía cuánto tiempo después, se encontraba tumbado sobre un campo de hierba. Lo primero que vio nada más abrir los ojos fue la mundialmente famosa Torre de Pisa, conocida por su peculiar inclinación. Se decía que era debido al suelo, demasiado inestable y blando como para soportar un edificio de esa envergadura. Ironías del destino, aquel defecto la había otorgado más fama que a otros muchos monumentos del país.

Lo siguiente que observó el arqueólogo en su lento despertar fue un grupo de cuatro individuos, impecablemente vestidos con trajes y sombreros. No era necesario ser un experto en ropa para discernir que se trataba de lo último en moda y confección. Pocos italianos tras la postguerra podían permitirse llevar tan lujosa indumentaria: los políticos, los ricos y los mafiosos. Indy supo entonces que aquellos tipos pertenecían a la tercera categoría. La cicatriz que "adornaba" la mejilla del que parecía ser el líder eliminó cualquier otra posibilidad.

- Buenos días, dr. Jones.- le habló el jefe con una voz que resultaba al mismo tiempo elegante y amenazadora.- Le hemos traído aquí para que nos ayude a localizar el tesoro que oculta nuestra famosa Torre de Pisa.

- Podrían haberme contratado, como hace todo el mundo.- le respondió Indy, ciertamente cabreado por su secuestro.

- Nosotros no somos como todo el mundo. No contratamos. Sólo cogemos lo que queremos de quién queramos y cuando lo queramos. A cambio le daremos nuestra garantía personal de que no le haremos ningún mal. Espero que nuestra oferta sea de su agrado.- esta última frase la soltó con cierto énfasis y reflejando una sonrisa. Al contrario que a su rehén, le hacían gracia los "términos del contrato".

El cuarteto llevó a Indy al altar de la iglesia contigua a la torre para que estudiara sobre él una serie de documentos que habían obtenido -probablemente de manera ilícita- con información referente a ese supuesto tesoro oculto bajo los cimientos de la estructura. Afortunadamente para la salud del arqueólogo, los datos que requería estaban allí: sólo tuvo que traducirlos del latín. Una respuesta negativa por su parte sería tomada como culpa de su incompetencia con toda seguridad.
Indy recogió sus bártulos del coche en el que le habían traído. Entre ellos estaba el látigo. Le sorprendió de que los gángsters no le negaran su arma favorita, pero viendo sus ametralladoras, entendió su confianza. Eso sí, tuvo que dejar su pistola Magnum en el maletero. De vuelta a las instrucciones de los documentos, entendió que indicaban que se debía partir de la zona Este de uno de los pisos. Para descubrir de cuál de ellos se trataba, debía lanzar una cuerda desde el último, es decir, aquel en el que se hallaba el campanario. La longitud de la misma debía ser igual a la que se empleaba para balancear la mayor de las siete campanas, así que, ante la falta de una, simplemente cogió la propia del instrumento y continuó con el proceso. Descubrió de esta forma que la quinta planta era aquella a la que debía ir.

Viendo que sus secuestradores andaban por el campanario sin prestarle demasiada atención, decidió atar la cuerda a una de los gruesos barrotes de la barandilla de piedra. El motivo: bajar por ella hasta la anterior planta, la sexta, para tratar de huir. Por desgracia para el americano, uno de los italianos se percató de sus movimientos. Obviando su advertencia, Indy cogió el extremo de la cuerda, se subió a la barandilla y saltó hacia delante, agarrándose con fuerza para soportar el tirón. Así logró pisar el suelo de la sexta planta sin que ninguno de los gángsters se encontrara en ella. Lo que hizo seguidamente después fue lanzar un latigazo a una de las columnas, le ató a ella y realizó otro salto con el fin de llegar al quinto piso. De esta forma, cuando los mafiosos llegaron al sexto, sólo encontraron el látigo, perdiendo tiempo en la persecución de su rehén fugado. Éste se hallaba ya bajando las escaleras de la tercera planta, llegando a la entrada del edificio poco más tarde. Corrió todo lo más que pudo en dirección al coche, su único medio de escape. Su plan se vino abajo cuando una ráfaga de ametralladora le hizo detenerse en seco. Las balas habían pasado tan cerca de su sombrero que sabía que sus enemigos habían fallado intencionadamente con motivo de amenazarle. En otras palabras, podían haberle acribillado si lo hubieran querido, dada su excelente puntería y su posición más elevada –le estaban disparando desde la segunda planta. Indy levantó las manos en señal de rendición y caminó de vuelta a la torre, subiendo a la quinta planta para continuar con su investigación arqueológica de carácter obligatorio.

Según un dibujo incluido en los documentos, trazando una línea hasta el suelo se obtendría el lugar donde se debía excavar. El problema estaba en cuál era el ángulo a emplear. Obsevando con detenimiento el anagrama, la solución parecía tener que ver con una de las columnas. Examinó la que se encontraba más al Este, viendo que poseía un símbolo en forma de ojo, inexistente en las demás. Le presionó y se hundió en la columna, pero nada se puso en marcha. Sin embargo, cuando le soltó, cayó en una ranura situada dentro de ese pequeño hueco, mostrando la presencia de un catalejo que iba de un lado a otro de la columna. Así pues, tuvo que hacer lo mismo con el otro extremo, situado algo más abajo, para poder ver a su través. Finalmente, ordenó a uno de los italianos que bajara al césped situado en ese lado oriental de la torre para indicarle dónde iban a tener que cavar.

Una vez sobre el lugar señalado, Indy recibió una pala. Se quedó mirando a los secuestradores. Ellos le miraron a él, también extrañados. Luego inició la excavación en solitario. Lo contrario le hubiera sorprendido: ¿cómo gente tan bien vestida como aquellos tipos iba a ensuciarse cavando? Por mucha ropa que pudieran comprarse con las riquezas que fueran a encontrar, valoraban la estética y la presencia por encima de tener que esperar el cuádruple de tiempo a que su rehén descubriera el tesoro.

Pasada la primera hora, el arqueólogo notó que ya no había más tierra que sacar. Es más, tras dar otro par de paladas, el suelo se hundió bajo sus pies, cayendo un metro y pico más abajo. Se trataba de un túnel de forma redondeada, aunque bastante irregular, que discurría perfectamente paralelo en relación a la superficie y, por tanto, era perpendicular a la entrada creada por Indy. Por extraño que le pareciera, le hacía pensar más en una madriguera de un topo que en un pasadizo artificial. El hedor animal que empezó a oler entonces le sirvió para apoyar esa primera teoría. Cuando oyó un chillido corto y estridente, similar al que podía hacer una rata pero proveniente de una criatura mucho más grande, quedó completamente convencido de que allí había gato encerrado –y nunca mejor dicho. Era más que probable que no se tratara de una mera coincidencia. Como bien le había enseñado la experiencia, los seres humanos tenían por costumbre proteger sus más preciadas fortunas con las criaturas más salvajes y mortíferas.

- Al menos, no es una serpiente.- pensó Indy para aliviar su terror, tan intenso que le había dejado paralizado, cuando oyó acercarse a la criatura, dado el sonido que producían sus patas.- ¡Subidme, algo se mueve aquí abajo! – les gritó a los mafiosos. Se alegró entonces de que le hubieran atado a una cuerda a la cintura por si, de alguna manera que no llegaba a discurrir, trataba de escaparse durante la excavación. Es como si pensaran que la supuesta cámara del tesoro a la que se dirigían tuviera alguna otra salida distinta a la que estaba creando con la pala.

La presencia de aquel animal bajo los cimientos de la Torre de Pisa justificaba, sin lugar a dudas, su progresiva inclinación. Por cada túnel que escarbaba la criatura, el suelo sobre el que se asentaba el edificio había ido perdiendo consistencia. Aunque no hubiera tesoro alguno en aquella galería, Indy ya se daba por satisfecho: había logrado desvelar el secreto que explicaba la razón de ser de la pérdida de verticalidad del popular campanario.

Lo único que esperaba era vivir para contarlo. Su situación era ciertamente peliaguda: colgado sobre la guarida de una bestia mientras unos tipos que le habían secuestrado le subían a la superficie. Entre la espada y la pared, como suele decirse. Menos mal que el cuarteto al completo se puso a tirar de él porque de otra manera hubiera recibido un zarpazo por parte de la rabiosa criatura. Ahora que la vio más de cerca y bajo la luz del día, comprobó que no se parecía a ningún otro ser vivo que hubiera visto antes en su vida. Su cabeza respondía a los rasgos propios de una rata mezclados con los de un topo y, sin embargo, poseía unos colmillos más parecidos a los que tenían los lobos. Las garras de sus patas también se asemejaban a las de los topos, pero, al contrario que estos, parecía tener unos ojos perfectamente capacitados. Unos ojos que recordaban a las de sus temidas serpientes. Cuando vio el resto del cuerpo, se dio cuenta de que no era lo único que guardaba relación con tales reptiles: se componía de escamas verdosas. De hecho, se impulsaba a partes iguales con su cuerpo terminado en cola y con sus zarpas. Sin duda se trataba de un animal mutante, todo un monstruo subterráneo, muy idóneo para proteger algo de gran valor.

Una vez Indy pudo respirar de alivio tumbado sobre la hierba, vio cómo los italianos se acercaban al agujero con sus ametralladoras y las empleaban para intentar acabar con el animal. Pero cuál fue su sorpresa cuando observaron la velocidad con la que huyó del sitio. Tal es así que sólo pudieron acertarle a su prolongado cuerpo, viendo, además, que las balas rebotaban contra su escamosa superficie. El arqueólogo tenía claro por qué había huido: le debía afectar la luz del sol. Si la leyenda era cierta, nadie antes había visto a la bestia, así que podía llevar siglos bajo tierra.

Aquella cualidad le dio una idea de cómo podían derrotarlo. Se lo comentó a los gángsters y le apoyaron, no sin cierta reticencia, porque el plan requería el uso de los espejos de su automóvil. Indy fue extrayendo los de los retrovisores exteriores mientras el tal Luigi cogía el interior. El líder, de nombre Paolo, acompañado de Roberto y Marco, se hicieron con otros dos, procedentes de los aposentos de la iglesia. Así pues, accedieron a la galería portando uno cada uno con el fin de reflejar la luz de uno a otro a través de cada una de las curvas que se fueran encontrando, hasta un máximo de cuatro, puesto que uno de ellos se tenía que quedar bajo los rayos del sol que se filtraban por el túnel vertical cavado por Indy. Antes de nada, como era obvio, ataron una cuerda al remolque trasero del coche para poder salir escalando sin necesidad de que otro se quedara arriba. Así abarcarían un recorrido mayor, portando la luz como su más poderosa arma.

Como esperaba, Indy fue obligado a ir en primer lugar. Al menos tenía que agradecer que le dejaran llevar una ametralladora, su pistola y su látigo, recuperado de una columna del sexto piso de la torre. Lentamente fue avanzando, agachado en buena parte por culpa de la escasa altura del conducto. Superó la primera esquina. El italiano que iba detrás de él hizo una prueba y la luz se reflejó a la perfección en el espejo de Indy en dirección al siguiente recodo. Era toda una suerte que fuera un día soleado en pleno verano, con un cielo totalmente carente de nubes.

El grupo fue avanzando, recodo por recodo, como si estuvieran jugando al baseball. Una vez llegaron a desplegarse los cinco, decidieron esperar a que llegara la criatura, para lo cual optaron por dejar de portar la luz hacia el interior de la madriguera. Indy pronto oyó los pasos de la bestia en la oscuridad. Cuando le pareció que se aproximaba a la siguiente esquina, silbó para que sus compañeros le hicieran llegar la luz. El animal, cegado por completo nada más situarse en el mismo pasillo que su presa, se desconcentró de tal forma que fue incapaz de dar la vuelta o andar hacia atrás. Indy aprovechó su confusión para dispararle en abundancia con su ametralladora, llegando a consumir toda su munición. De esta forma, le acertó de lleno en la cabeza y numerosas veces, matándolo en el acto. Y es que, al contrario que su escamoso cuerpo, esa parte sólo se componía de pelaje.

El resto fue coser y cantar. Pasaron como pudieron entre el cadáver y la pared y accedieron a una sala mucho más amplia, el lugar donde era más que probable que durmiera la bestia. La estancia también albergaba lo que los mafiosos buscaban: un inmenso tesoro. Vasijas, jarrones, gemas, diamantes, coronas, cetros… Todo brillaba a la luz de las antorchas que se habían fabricado, formando un conjunto de destellos de suma belleza. El quinteto se quedó boquiabierto unos cuantos segundos antes de tocar ni una sola de las piezas.

Indy aprovechó ese momento de extrema felicidad para pedir a sus secuestradores que le dejaran marchar. En su interior, su corazón latía con una fuerza terrible movido por el miedo a una negativa o, peor aún, a una ráfaga de plomo. Sin embargo, se mostró serio y confiado, pues sabía que los gángsters italianos valoraban el coraje y la hombría, si bien el americano no tenía nada que demostrar: ya lo había hecho al ir en primera línea de combate contra un ser poco menos que invencible.

- No, aún no.- fue la seca respuesta del líder. Indy continuó ocultando su tensión, algo nada fácil, puesto que había aumentado considerablemente ante la negación.- Quiero que antes escojas una de estas piezas y te la lleves. Los Maldini sabemos recompensar a nuestros aliados.- Indy no pudo ocultar una sonrisa de alegría ante ese cambio inesperado de contestación. Paolo le devolvió el gesto y abarcó con el brazo el valioso repertorio a modo de invitación.

Indy se tomó su tiempo mientras los italianos continuaban contemplando aquellas maravillas y pensando en la gran cantidad de dinero que iban a obtener con ellas. El arqueólogo escogió, finalmente, una peculiar máscara de barro. Se podía afirmar, casi con seguridad, que se trataba del único objeto carente de ningún tipo de decorativo de oro, diamante u otro metal precioso. Sólo era barro con forma. Paolo se mostró realmente sorprendido. Tal es así que le preguntó qué razón había para llevarse tan pésimo artículo.

- El valor de las cosas no viene dado únicamente por el dinero. De cara a la Arqueología, esta es la pieza más valiosa de toda esta colección porque es la que más antigüedad tiene. El resto datan de la Edad Media. Esta máscara procede de la Prehistoria. En otras palabras, perteneció a un cavernícola que residió en este lugar. En aquel entonces, no se encontraría bajo tierra sino bajo una colina, como así lo demuestras las paredes de esta estancia, que son todas de roca.- Paolo siguió mostrándose sorprendido, esta vez por la explicación de su sabio rehén. Entendía su postura, por supuesto, pero seguía valorando mucho más el dinero. Si hubiera estado en lugar de Indy, habría escogido la corona de gemas preciosas que tenía en aquel momento en sus manos.

- De acuerdo, tuya es. Puedes irte.- dijo con su habitual seriedad. Sin embargo, pronto estalló en carcajadas, contagiado por sus compañeros. Los cuatro rieron al unísono un buen rato mientras el americano subía a la superficie, ansioso por regresar a la universidad para enseñarle a Marcus la valiosísima pieza que había obtenido de su viaje a Italia. El Medallón de Venus que había ido a buscar a las afueras de Roma no era más que una baratija en comparación con aquella máscara.
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