007spain 007spain
Comunidad online de fans de 007
 
 chatChat   BuscarBuscar   MiembrosMiembros   Grupos de UsuariosGrupos de Usuarios   RegistrarseRegistrarse 
 PerfilPerfil   Entre para ver sus mensajes privadosEntre para ver sus mensajes privados   LoginLogin 
Indiana Jones y el Templo de los Elementos

 
Este foro está cerrado y no puede publicar, responder o editar temas   Este tema está cerrado y no puede editar mensajes o responder Foros de discusión -> Off Topic
Ver tema anterior :: Ver tema siguiente  
Autor Mensaje
claalc
Agente


Registrado: 14 Ago 2007
Mensajes: 137




MensajePublicado: Sab Dic 01, 2007 12:11 pm    Asunto: Indiana Jones y el Templo de los Elementos Responder citando

>>> INDIANA JONES Y EL TEMPLO DE LOS ELEMENTOS <<<

"Increíble, pero cierto”. Pensaba Indy al ver que se encontraba en la misma situación en la que se había hallado no hacía muchos meses con el mismo individuo, el arqueólogo inglés Gerard: debía conseguir para él la reliquia que se ocultaba en aquel templo bajo amenaza de muerte. En la anterior ocasión, Indy tuvo la suerte de salir del lugar sagrado por una zona diferente a la que le estaba esperando su rival. Pero eso rara vez ocurría. Por normal general, se salía por el mismo sitio por el que se entraba.

Comenzó a andar por el primero de los pasillos bajo la atenta mirada del inglés, que no dejaba de apuntarle con una Magnum del 45. “Esta vez iré con usted”, fue la respuesta que dio antes de que Indy tuviera siquiera que formular la pregunta; bastó con que le mirara de reojo con gesto extrañado. Y es que ciertamente era raro porque de esa forma tendría que darle indicaciones precisas para que pudiera superar las trampas tras él.

A los pocos segundos, llegaron al arco que daba acceso a la primera de las salas, en la que podían apreciarse restos esqueléticos. Según la documentación que había ido recopilando Indy, se trataba de una cámara en la que se alababa a una especie de dios del agua. Curiosamente, no había ni una sola gota del preciado líquido en toda la estancia. Sí había indicios, sin embargo, de que la sala hubiera albergado agua. Entre otras cosas, podía apreciarse una línea a unos cinco o seis metros de altura, que diferenciaba la porción de pared que había estado sumergida de la que no. Precisamente al observar esta marca, justo por debajo de ella Gerard detectó la presencia de lo que parecía ser una posible trampilla de acceso a la siguiente cámara. Tenía unas dimensiones un tanto reducidas, lo que les iba a obligar a atravesarla a gatas… si es que discurrían la forma de abrirla, primero, y llegar hasta ella, después.

El doctor Jones, entretanto, se dispuso a tratar de descifrar la línea de extraños caracteres que discurría por las cuatro paredes a modo de greca. Había tomado algunos apuntes sobre aquel peculiar lenguaje, más cercano a los jeroglíficos que a una escritura convencional, pero tenía sus dudas acerca de si le iban a ser lo suficientemente útiles como para averiguar la pista que allí se describía.

Inició la lectura por el lado derecho de la estatua del dios del agua, situada en el centro de la pared de en frente del arco por el que había entrado seguido muy de cerca por Gerard. Fue recorriendo la cámara, pared por pared, símbolo a símbolo, hasta que llegó al extremo izquierdo de la estatua. Entonces, cuando se situó justo frente al último de los signos, pisó una baldosa que se hundió ligeramente. El nerviosismo invadió a Gerard, que culpaba a Indy de la activación de una posible trampa. El americano no tuvo tiempo de disculparse: el arco de entrada quedó sellado con una puerta de piedra y una trampilla situada en el techo se abrió, dejando caer un flujo incesante de agua que amenazaba con inundar la estancia en pocos minutos.

Indy aprovechó la desconcentración que sufrió su captor a causa de la repentina cascada para propinarle una patada en la mano en la que portaba la pistola. Inmediatamente después, le lanzó un fuerte puñetazo en dirección a la boca, derribándolo de un solo golpe. Gerard, no sin dificultades, logró volver a ponerse en pie, empapado porque el agua ya había cubierto el suelo hasta alcanzar unos diez centímetros de profundidad. El inglés quiso devolverle el impacto, pero se encontraba algo aturdido, así que a Indy no le costó nada agacharse y esquivarle. Es más, le dio otro potente gancho, esta vez en el estómago. Luego le encajó otro en la boca, tirándole al suelo de nuevo. Indy se acercó a la posición de su oponente para comprobar que, en efecto, había quedado completamente aturdido, flotando en el creciente nivel de agua. Decidió entonces dejarle a un lado y ponerse a discurrir la forma de resolver el acertijo que ocultaba aquella sala.

El tiempo iba en su contra. El agua había ascendido ya algo más de un metro y no tenía ni la más remota idea de cómo accionar el mecanismo encargado de abrir la trampilla de salida. Lo que sí tenía claro, por lo que había leído en la pared, era que no iba a poder detener la entrada de agua, ya que era la forma con la que se debía alcanzar la salida. El problema estaba en que ésta se encontraba a tan sólo dos metros del techo, de modo que si no se conseguía abrir en su debido momento, existía el riesgo de perecer ahogado. De ahí la presencia de huesos.

Indy releyó hasta tres veces el acertijo de las paredes. Se estaba empezando a desesperar cuando, de pronto, le vino una idea a la cabeza: la cola de pez del dios del agua. La posición en que estaba colocada dejaba bien a las claras que podría tratarse de una válvula o mecanismo similar. En efecto, así fue: en cuanto empezó a girarla, la que supuestamente podría ser la trampilla de salida descendió. Una vez se abrió por completo, Indy, que ya estaba buceando para poder llegar a ella, salió a la superficie, comprobando que el nivel del agua aún no había alcanzado la altura suficiente como para que pudiera llegar a la ansiada salida. Peor que eso fue comprobar que se estaba cerrando lentamente, lo que indicaba que se tenía que girar la cola cuando fuera posible alcanzar la trampilla o, lo que es lo mismo, habría que bucear para manipularla y luego subir y atravesarla antes de que se hubiera cerrado. Estaba claro que se trataba de una especie de reto en honor al dios.

Así pues, esperó un par de minutos a que el agua alcanzara el nivel deseado. Aprovechó ese tiempo para comprobar que Gerard permanecía inconsciente, flotando a la deriva por la anegada sala. Una vez llegó al punto deseado, se sumergió de nuevo, recorriendo los cuatro metros que había hasta la cola de la estatua en el menor tiempo que fue capaz. La giró repetidas veces hasta que vio que la trampilla había llegado a su tope. Casi sin oxígeno en los pulmones, buceó hacia la superficie y llegó justo a tiempo de tomar aire. Después, la corriente le introdujo en la trampilla cuando ya había descendido los primeros centímetros. Tuvo que tumbarse para poder pasar por encima de la misma. Le sorprendió verse en aquel pequeño túnel de suelo enrejado: el agua caía entre los barrotes para evitar la inundación del resto del templo, lo que indicaba un alto nivel de inteligencia y cultura por parte de la tribu que hacía muchos siglos atrás había construído aquel peculiar edificio. Entretanto, Gerard se despertó al sentirse en contacto con el techo. Apenas pudo gritar un par de veces antes de verse sumergido en aquella celda anaerobia.

Tras gatear durante unos pocos metros, Indy se encontró en una nueva sala en la que, con toda probabilidad, iba a tener que superar algún tipo de prueba, dada la presencia de otra estatua divina. Esta vez representaba al segundo de los elementos -el fuego- lo que hacía presagiar algo aún más peligroso, si cabe, que en la anterior sala. Se aferró a la escalera de mano y descendió hasta pisar el suelo, que en esta ocasión era de madera en vez de piedra y estaba recubierto de paja. Nada más posarse sobre él, el tablón situado bajo el último de los peldaños se hundió. Inmediatamente después, la trampilla por la que había llegado hasta a esa cámara se cerró y, de alguna forma que no llegó a ver, las antorchas que había en el techo, colocadas perpendicularmente al suelo, se encendieron. Toda la superficie del techo estaba cubierta de ellas. Indy se preguntaba cuál era el sentido de su posición, pero al poco se dio cuenta del motivo: cada pocos segundos, se caían, prendiendo fuego a la paja. Al otro extremo de la sala, había un pequeño altar con agua. La prueba consistía, por tanto, en ir recogiendo cada una de las antorchas y apagarlas en el altar, antes, claro está, de que toda la sala se incendiara.

Al principio, no le costaba demasiado esfuerzo, debido a que caían de una en una, de dos en dos, como mucho, y a intervalos relativamente amplios para poder apagarlas. Pero al poco tiempo aumentó tanto el número de antorchas, a la par que disminuían los intervalos entre la caída de unas y las siguientes, que no pudo evitar que el fuego del suelo comenzara a expandirse a una velocidad alarmante. Por si fuera poco, debía moverse mirando constantemente al techo para esquivarlas y así que no le golpearan, cosa que consiguió hasta cierto punto, ya que hubo alguna que incluso pudo haberle prendido la indumentaria. Si a esto añadimos que tenía que ir saltando los focos de fuego que se iban generando y respirar lo menos posible a través de un pañuelo, la dificultad de la prueba era realmente alta. En comparación con la anterior prueba, era indudable que esta conllevaba un riesgo aún mayor.

El fuego se estaba esparciendo a gran velocidad. Ya no quedaban muchas antorchas por caer, pero el aire era prácticamente irrespirable e Indy apenas podía ver a través del humo ni moverse por el habitáculo sin sentir un calor abrasador en las piernas. Casi no había lugares en los que no hubiera alguna llama. Llegó un momento en el que decidió quedarse en el altar, mojándose la ropa cada poco tiempo.

“Por fin”, susurró, casi sin aliento, cuando vio caer la última de las antorchas. Una antorcha que estaba pintada de amarillo, lo que la diferencia del resto. Pero la verdadera diferencia que poseía era el hecho de que se quedó colgada de una cuerda a una altura de algo más de un metro. Indy no tardó en darse cuenta de la razón de aquello: la única forma que tenía “el dios” de saber que había sobrevivido, y por tanto, de que había superado la prueba, era obligándole a usar la última de las antorchas como llave de activación del mecanismo que descubriera la salida. En efecto, así fue: el doctor Jones corrió, saltando a través de los numerosos focos flamígeros, hasta llegar a la cuerda, la rompió, tomó la antorcha y vio un orificio en la estatua del dios que tenía justo el ancho adecuado para el grosor de la misma. Le introdujo y, haciendo cierta fuerza, empujó una baldosa que había en el interior del hueco. Enseguida se abrió una puerta de piedra, esta vez a la altura del suelo. Indy se abalanzó hacia ella, falto de oxígeno, para lo cual tuvo que saltar un par de veces a través de las llamas.

Antes de proseguir hacia la tercera y, en principio, si su información era correcta, última sala, se dedicó a respirar hondo durante varios minutos. Una vez recuperado, se acercó al arco que daba acceso a la siguiente cámara. Como en la anterior, nada más pisar la primera de las baldosas, descendió una puerta de piedra que sellaba el lugar. Inmediatamente después, se activaron los mecanismos de la prueba a superar, abriéndose una serie de pequeños agujeros en el suelo en formación circular. Indy no tardó en sospechar lo que iba a salir por ellos: aire, dado que se encontraba en la sala del dios de este elemento, debidamente representado con otra estatua de grandes dimensiones. Lo que no sabía era la razón de ser de aquellos chorros invisibles, hasta que alzó la vista hacia el techo: estaba plagado de murciélagos. El aire les despertó a los pocos segundos y empezaron a revolotear por toda la sala. Indy no tardó en ponerse de cuclillas para evitar posibles ataques o golpes por parte de aquellas ratas voladoras. Gracias a su nueva posición, observó que en el centro de la sala había un pequeño hueco. Se acercó gateando y descubrió que tenía la forma del animal. Estaba claro lo que debía hacer para superar aquella trampa: cazar uno de los murciélagos e introducir su cuerpo en el agujero. Así pues, tomó su pistola y disparó al techo. Parecía increíble que no acertara a dar a ninguno con la cantidad de ellos que había. Lo logró al segundo intento. Gateó hasta el lugar donde había caído, lo cogió y probó a meterlo en la ranura. Al igual que ya había visto en un templo de Perú en el que obtuvo una estatuilla dorada que representaba a un dios de la fertilidad, vio que la baldosa se hundía con el peso del animal, de tal forma que sólo funcionaba con ese peso o similar. Una vez se detuvo, comenzó a abrirse una puerta de salida. Los murciélagos no tardaron en atravesarla. Luego pasó él y, a los pocos metros, se vio en una cuarta cámara.

Indudablemente era la última: la reliquia que andaba buscando -una escultura de oro en forma de mano con la palma abierta- brillaba en el centro de la estancia a la luz de la antorcha que tuvo que encender. Indy inspeccionó un poco el lugar antes de aproximarse. Luego se tomó algo más de tiempo tratando de descubrir la existencia de alguna otra trampa. Como no vio nada que le advirtiera peligro, se decidió a coger el valioso y reluciente objeto, no sin antes comprobar que la base sobre la que se encontraba carecía de “báscula antirrobo”, por llamarlo de alguna forma.

Nada más cogerla, surgieron cinco afiladas uñas de gran longitud que a punto estuvieron de clavársele a la altura del pecho. Tras recuperarse del susto, examinó el artefacto hasta que vio que había un botón en el nudillo del dedo índice que activaba el mecanismo. Pulsándole de nuevo, las garras volvieron a quedar ocultas. Así obtuvo la conclusión de que la información que había recopilado era incorrecta, pues afirmaba que era de oro. Si tenía en su interior esas uñas y el resorte necesario para moverlas, simplemente se trataba de una fina capa dorada, lo que le iba a restar mucho valor de cara a una posible venta. En aquella ocasión hubiera preferido venderla en vez de exponerla en su museo, dado que últimamente andaba escaso de capital, pero visto lo visto, se iba a tener que conformar con la felicitación de Marcus y la contemplación de la vitrina.

De repente, alguien se le aproximó por la espalda. “No puede ser”, surruró Indy al pensar que tal vez podría tratarse de Gerard. Pero, en efecto, así era. El inglés había conseguido llegar hasta allí tras haber estado a punto de perecer ahogado en la primera de las pruebas. Su habilidad como buceador le permitió descender hasta la palanca que abría la trampilla y volver a subir para pasar a través de ella. Todo un logro teniendo en cuenta que iba calzado.

- ¿Qué tal, doctor Jones, me echaba de menos?- le dijo mientras le apuntaba con su pistola. Indy dudaba que fuera capaz de disparar con ella, dado que había estado sumergida un buen rato, pero no le apetecía lo más mínimo arriesgarse a comprobarlo.

- Parece que esta vez no me queda otra salida más que entregarte la reliquia. ¡Cógela!- le gritó a la vez que efectuaba un veloz movimiento gracias al cual se la lanzó en dirección al pecho. Gerard trató de agarrarla sin éxito, dada la fuerza con que se le acercó y la escasa iluminación del lugar. Así pues, puesto que Indy había pulsado en el último momento el botón que accionaba las garras, estas se le clavaron. Y a bastante profundidad, de nuevo debido a la fuerza del lanzamiento. Gerard profirió un ensordecedor grito de dolor cuya intensidad se vio incrementada por el eco de la estancia. Indy no dudó entonces en coger su látigo y tratar de golpear a su rival en la mano con la que sujetaba el arma. Por desgracia, erró el ataque, de modo que el inglés dispuso de tiempo suficiente para apuntarle.

Fue un momento de extrema tensión para Indy. Reconoció que era cierto lo de que cuando se piensa que se va a morir, los recuerdos del pasado se amontonan en la mente, deslizándose a gran velocidad a través de los ojos. Pudo ver a Sallah ayudándole a levantar el Arca de la Alianza; a Bellock desintegrándose junto a sus compañeros nazis tras abrirla; al pueblo hindú al que ayudó con las Piedras Shankara; a su padre utilizando un paraguas para hacer volar a una aglomeración inmensa de gaviotas. Todas sus aventuras en tan sólo unos instantes… hasta que oyó un “click”: el que hizo el gatillo de la Magnum.

Por fortuna, luego no se oyó el habitual estruendo que precede a la salida de la bala. Como había pensado, el arma no funcionaba por haber estado sumergida. Gerard, a la desesperada, siguió accionando el mecanismo repetidas veces, todas sin éxito. Momentos después, se encontraba tirado en el suelo tras recibir un fortísimo puñetazo por parte de su oponente. Casi desangrado y apenas sin fuerzas, no fue capaz de levantarse. En un último hálito de vida, susurró: “Te odio, Indiana Jones”.

Indy comprobó que, esta vez sí, su enemigo había fallecido antes de proceder a la extracción de la dorada mano de su pecho. Sin perder más tiempo, se dirigió al siguiente arco, el que le devolvería a la jungla colombiana. Así dio por concluida una de las expediciones más peligrosas a las que se había enfrentado.
_________________
No olvides visitar mi blog:
http://blogs.inconforme.es/albertolopez/
Volver arriba
Ver perfil de usuario Enviar mensaje privado
Mostrar mensajes de anteriores:   
Este foro está cerrado y no puede publicar, responder o editar temas   Este tema está cerrado y no puede editar mensajes o responder    Foros de discusión -> Off Topic Todas las horas son GMT + 2 Horas
Página 1 de 1


Cambiar a:  
Puede publicar nuevos temas en este foro
No puede responder a temas en este foro
No puede editar sus mensajes en este foro
No puede borrar sus mensajes en este foro
No puede votar en encuestas en este foro


Mapa del sitio - Powered by phpBB © 2001, 2007 phpBB Group

¿Quieres crear un foro gratis como este? foro gratis