007spain 007spain
Comunidad online de fans de 007
 
 chatChat   BuscarBuscar   MiembrosMiembros   Grupos de UsuariosGrupos de Usuarios   RegistrarseRegistrarse 
 PerfilPerfil   Entre para ver sus mensajes privadosEntre para ver sus mensajes privados   LoginLogin 
Indiana Jones y la Calavera del Yeti

 
Este foro está cerrado y no puede publicar, responder o editar temas   Este tema está cerrado y no puede editar mensajes o responder Foros de discusión -> Off Topic
Ver tema anterior :: Ver tema siguiente  
Autor Mensaje
claalc
Agente


Registrado: 14 Ago 2007
Mensajes: 137




MensajePublicado: Mie Dic 19, 2007 9:14 am    Asunto: Indiana Jones y la Calavera del Yeti Responder citando

>>> INDIANA JONES Y LA CALAVERA DEL YETI <<<

Indiana Jones siempre había tenido curiosidad por descubrir el paradero del mítico Hombre de las Nieves, también conocido como Yeti, y obtener su calavera para exponerla en su museo. No la consideraba una pieza ni mucho menos importante, dado su escaso valor arqueológico. Tenía mayor relevancia de cara a la paleontología. Era, más que otra cosa, un reto personal. Un día cualquiera, ávido por iniciar una nueva aventura, decidió buscar información al respecto en las bibliotecas de la ciudad. Ya lo había hecho en ocasiones anteriores, en los pocos momentos libres que encontraba en su ajetreada doble vida de profesor y arqueólogo, pero nunca había conseguido descubrir una ubicación más o menos precisa donde podría hallar a esa especie de simio de más de dos metros de altura y blanco pelaje. Hasta ese día.

Tras releer toda la documentación de la que disponía y preparar el equipaje necesario, se subió al siguiente vuelo que partía rumbo a las regiones nevadas del Himalaya. Concretamente, aterrizó en Nepal y en su ruta pasó por el mismo pueblo por el que años atrás participó en el incendio del bar de Marion. "¡Menudo lío se montó!", pensó divertido al recordar la experiencia, que en aquel momento fue de todo menos divertida.

Dos días después de haber pisado tierra hindú, inició el ascenso a la montaña indicada por el fruto de sus investigaciones. No iba a ser tarea fácil: entre el suelo, que se hallaba completamente nevado, y la fuerte inclinación, que le obligaba a emplear cuerda en algunos tramos, todo estaba en su contra, ralentizándole aún más cuando empeoraba el clima. Por fortuna para el intrépido arqueólogo, sólo sufrió alguna que otra ventisca leve antes de alcanzar la altura en la que supuestamente debía encontrarse la cueva en la que habitaba la criatura -si es que su existencia había sido cierta y no una leyenda creada por los lugareños. Habían pasado otros dos días, en cuyas noches había hecho uso de la tienda de campaña que guardaba en su amplia mochila.

Una vez atravesó un bosque de poca extensión, localizó el lugar donde el mapa le indicaba. Parecía una simple pared de nieve, pero si estaba en lo cierto, debía cavar para descubrir la cueva. Habiendo previsto tal eventualidad, portaba una pequeña pala, con la que pronto descubrió que, en efecto, allí había una cavidad. Sacó su antorcha, la prendió fuego con un encendedor y se adentró en la oscuridad. En comparación con otras muchas cavidades en las que había estado, aquella le llamó la atención especialmente por el gran número de estalacticas de hielo que colgaban del techo.

No tardó en toparse con el Hombre de las Nieves. Afortunadamente, estaba encerrado en un grueso bloque de hielo. Aquello, sin duda, era mejor que conseguir sólo los restos fósiles. Todo el cuerpo se había conservado intacto, pelaje incluido. Lo mismo sucedía con la cabeza. Era una lástima que no pudiera transportarlo tal y como estaba. Se tendría que conformar con llevarse la parte que había ido a buscar.

Así pues, cogió un pequeño pico, el mismo que había usado durante la escalada, y liberó al cráneo de su confinamiento. Pero cuál fue su sorpresa cuando tras clavar ligeramente el instrumento en la carne del misterioso animal, abrió los ojos de par en par al mismo tiempo que emitía un potente grito de dolor. El susto que se llevó Indy superó a cualquier otro que había tenido hasta entonces en toda su vida. La reacción del arqueólogo no se disipó sino que se vio incrementada en gran medida cuando el brazo derecho del peludo monstruo deshizo el hielo que la rodeaba, quedando libre en apenas un segundo. Indy, aún atónito ante la resurrección que estaba contemplando, se había quedado paralizado de terror de tal forma que no reaccionó al zarpazo que le propinó con esa misma extremidad. Salió impulsado casi un metro hacia atrás, portando una gran cicatriz de tela a la altura del torso. El hecho de ir tan abrigado le libró de resultar herido.

El Yeti utilizó el brazo liberado para destrozar el resto del bloque de hielo mientras su nueva presa buscaba desesperadamente su pistola. El nerviosismo estaba impidiendo pensar con claridad al aventurero. Sabía que la había guardado en alguno de los bolsillos, bien de su abrigo o bien de su mochila, dado que le hubiera incomodado durante la escalada si la hubiera llevado en el lugar habitual: una funda colgada de su cinturón. Al final, logró encañonar a la bestia, pero para entonces ya le había lanzado otro ataque tan veloz como el anterior. Concretamente le golpeó en la mano, como si de alguna manera el animal supiera que aquello era un arma. Y probablemente lo sabría por experiencia propia. Habían sido muchos los cazadores que habían vagado por aquella región con motivo de acabar con su existencia y llevarse su cabeza como trofeo. Indy también había ido en busca del cráneo, pero con la diferencia de que le quería encontrar ya sin vida. En ningún caso estaba dispuesto a matar al Hombre de las Nieves sólo por orgullo personal. El problema estaba en que quizá se viera obligado a hacerlo con tal de conservar su propia vida.

Indy, desarmado, se puso a rodar por el suelo rocoso para esquivar el siguiente zarpazo. Justo después se puso en pie de un salto y echó a correr en dirección a la salida de la cueva. Pensó que el Yeti, al ser tan alto, se movería de una forma lenta. Se equivocó por completo: la bestia hacía uso de las cuatro extremidades, desplazándose de igual forma que lo haría un oso. Si a esto se añadía el hecho de que el arqueólogo debía cargar con el peso de su abultada mochila, la diferencia de velocidad entre uno y otro era prácticamente nula, o incluso ligeramente superior por parte de la bestia. Tal es así que Indy veía dificil que llegara ni tan siquiera al exterior antes de que fuera alcanzado. Apenas le separaban unos tres metros para que volviera a ver los rayos del sol cuando el Yeti a punto estuvo de hacerle la zancadilla con uno de sus fornidos brazos. Falló por muy poco, de modo que la persecución continuó. Indy tuvo claro entonces que debía hacer algo. No sabía el qué, pero si seguía así unos segundos más, podría ser definitivamente apresado.

Una idea le vino al fin a la mente. Mientras continuaba corriendo, se quitó su pesada mochilla y se la puso al revés, es decir, colgaba por delante. Luego saltó a la nieve nada más atravesar el arco de la cavidad y se deslizó como si fuera montado en un trineo. En tan peculiar posición logró alcanzar una velocidad nada desdeñable, gracias a la moderada cuesta del lugar. El inconveniente residía en el elevado número de árboles de la zona. Su preocupación ya no era el Hombre de las Nieves, que le seguía persiguiendo incansablemente, sino las posibles colisiones. Menos mal que discurrió la forma de dirigir en cierta forma el improvisado transporte: empleando la pala que colgaba de la parte trasera de la mochila. Como quedaba pegada al suelo, le bastaba hacerla girar por medio de su mango para rasgar la nieve con la pieza metálica. Era algo así como un timón de barco pero sin la posibilidad de detenerse y con una velocidad en continuo aumento. La distancia que le separaba del Yeti era cada vez mayor, algo que agradecía enormemente. Por el contrario, le preocupaba que la distancia al próximo barranco fuera cada vez menor. De nuevo debía pensar en cómo continuar con la huída, evitando no sólo a su perseguidor sino también a un posible descenso mortal montaña abajo.

La única solución que veía y por la que finalmente optó fue la de tirarse a un lado para frenar su avance. Ya parado, se despojó de la mochila, se puso en pie y tomó su látigo para hacer frente a la inminente llegada del Yeti, muy próximo ya a su posición. Rezaba para que su arma fuera suficiente para detener semejante bestia. Si no era así, poco más podía hacer por sobrevivir ante tan letal combinación de garras, colmillos y fuerza.

Si hubiera habido público, nadie se habría atrevido a apostar a favor del arqueólogo. Sin embargo, el Hombre de las Nieves retrocedió, temeroso una vez sintió el dolor del primer latigazo, de la misma forma que lo hacía un león ante su domador. Se armó de coraje y trató de acercarse de nuevo a su presa, pero un segundo impacto volvió a frenar sus intenciones. La situación, tan tensa para Indy como cuando tuvo que detener el avance de un millar de serpientes en la cámara subterránea donde se ocultaba el mítico Arca de la Alianza, parecía llegar a su fin unos cuantos latigazos después, cuando el Yeti se dio media vuelta y se alejó. Pero cuál fue la sorpresa de Indy cuando vio que la bestia no tenía el propósito de regresar a su guarida con el estómago vacío. En realidad se había dirigido hacia un tronco caído con motivo de levantarle y lanzárselo. El increíble poderío físico de la bestia impresionó tanto a su objetivo que se quedó boquiabierto las décimas de segundo suficientes para que cuando quiso esquivar el cilindro rodante ya fuera demasiado tarde.

Indy echó a correr, pero sólo le podía salvar el destino y, para desgracia del Yeti, así fue: el tronco colisionó con una roca que sobresalía por encima de la nieve, desviando su trayectoria lo justo para que Indy no llegara a probar qué se sentía al ser arrollado. El Hombre de las Nieves, enfurecido a más no poder, expulsó toda su furia a través de un grito ensordecedor. La potencia auditiva fue tal que Indy tuvo que llevarse las manos a los oídos. Su duración, cercana a la quincena de segundos, propició que se despeñara una considerable porción de terreno nevado situado a más altitud. Tan considerable era que dio lugar a una avalancha. En pocos segundos, la guarida del monstruo quedó tapiada. El terror que le suscitaba el desprendimiento se entremezclaba con la angustia de haber perdido su hogar.

Indy, por su parte, consiguió dejar a un lado su pánico para enrollar su látigo a la rama de un árbol de grandes dimensiones, no sin antes haberse vuelto a colgar su mochila de provisiones, tan vital para su regreso como el hecho de que el árbol que había escogido se mantuviera en pie. Quería encaramarse lo más alto que pudiera no sólo para evitar ser arrastrado por la nieve sino por si se daba la posibilidad de que el Yeti se subiera a su mismo tronco. Desconfiaba de que aquella enorme criatura fuera capaz de hacerlo, pero ya había tenido demasiados sustos, así que prefirió aumentar su seguridad. Por tanto, no se detuvo cuando subió a esa rama sino que volvió a hacer uso de la misma técnica para ascender a las dos siguientes: trepar por el látigo como si de una prueba de educación física se tratara.

Entretanto, el Hombre de las Nieves desaparecía bajo un manto blanco por culpa de su incapacidad para escalar por un árbol. Sus gritos de pavor pronto quedaron silenciados, de modo que sólo se oía el rumor propio de la nieve en movimiento. Indy suspiró de alivio mientras observaba la escena desde las alturas. Por otro lado, lamentaba haberse quedado sin su cráneo y hasta le daba rabia que la bestia hubiera perecido. Marcus y los visitantes del museo se iban a llevar una gran desilusión. “¡Pero qué demonios!”, pensó, “Sigo vivo, eso es lo importante.”

Una vez se detuvo la avalancha unos segundos después, el Yeti, milagrosamente con vida bajo unos cuantos metros de nieve sobre su cabeza, logró concentrarse con la suficiente intensidad como para iniciar una nueva hibernación, similar a aquella que le había permitido sobrevivir en su guarida durante medio siglo, cuando se quedó encerrado en ella por culpa de otro desprendimiento. El hielo volvería a ser parte de su pelaje hasta el día en que algún otro ser humano le desenterrara. Su último pensamiento tenía que ver precisamente con esa esperanza.
_________________
No olvides visitar mi blog:
http://blogs.inconforme.es/albertolopez/
Volver arriba
Ver perfil de usuario Enviar mensaje privado
Mostrar mensajes de anteriores:   
Este foro está cerrado y no puede publicar, responder o editar temas   Este tema está cerrado y no puede editar mensajes o responder    Foros de discusión -> Off Topic Todas las horas son GMT + 2 Horas
Página 1 de 1


Cambiar a:  
Puede publicar nuevos temas en este foro
No puede responder a temas en este foro
No puede editar sus mensajes en este foro
No puede borrar sus mensajes en este foro
No puede votar en encuestas en este foro


Mapa del sitio - Powered by phpBB © 2001, 2007 phpBB Group

¿Quieres crear un foro gratis como este? foro gratis