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Indiana Jones y la Maldición de Kanjis

 
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claalc
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MensajePublicado: Mie Dic 12, 2007 9:09 am    Asunto: Indiana Jones y la Maldición de Kanjis Responder citando

Escrito en colaboración con Felipe Mayo.

>>> INDIANA JONES Y LA MALDICIÓN DE KANJIS <<<

- CAPÍTULO 1 -

"Creo que he batido mi propio record”, pensaba el doctor Jones mientras intentaba concentrarse en la lectura de sus mapas para no prestar atención al molesto ruido producido por los motores del hidroavión en el que viajaba. “Tan sólo he tardado 2 semanas en localizar el lugar del hallazgo, de las cuales, como suele ser habitual, la mayor parte la he pasado en la biblioteca del instituto. Quizá haya estado más lúcido que en otras ocasiones, pero lo cierto es que se trata de una reliquia que otros muchos arqueólogos han buscado sin éxito antes que yo y de cuyo trabajo me he visto beneficiado. Tras pasar por las ciudades españolas de Almería y Granada, he dado con las coordenadas, que se corresponden, por lo que puedo ver desde el hidroavión, con una zona de islas de extraordinaria belleza en aguas de China.”

Todo comenzó en la biblioteca del instituto en el que el doctor Jones daba clases de arqueología, cuando, con motivo de sus inminentes vacaciones, se dispuso a recopilar información sobre uno de los muchos objetos que había querido obtener a lo largo de los años: Kanjis, también conocido como el Gran Depredador. Aunque de grande tiene poco, porque viene a ser una pequeña estatua, de unos 20 ó 30 cm de alto, que representa a una deidad que adoraban ciertos indígenas chinos. La fabricaron con el escaso bronce que les había quedado tras el saqueo de los colonos españoles en el siglo XV y su finalidad no era otra que atacar a cualquier intruso que osara entrar en su territorio. Los indígenas se prometieron así no volver nunca a confiar en extraños.

Gracias al éxito de sus investigaciones, Indy se hizo con un valioso diario en el que se especificaban las coordenadas necesarias para localizar el objeto. Para ello, primero pasó por una pequeña catedral de Almería, en la que tuvo que descifrar un intrincado enigma. Se trataba de un pasaje del Antiguo Testamento escrito en latín y en espiral alrededor de la pila del agua bendita, lo que complicó en cierta manera su lectura. Pero, tras muchas horas de sesuda reflexión, Indy descubrió que la clave estaba en extraer ciertas letras del cuerpo del mensaje, siguiendo una espiral inversa a la que formaba el texto. Parecía increíble que hubieran hecho coincidir tales caracteres en semejante recorrido, pero, en efecto, se leía claramente “convento,de.Granada”.

Esto indujo al doctor Jones a viajar hasta Granada, donde pudo confirmar lo que ya intuía tras sus investigaciones: el recinto estaba abandonado. Para hallar la ubicación de la última pista, pensó que debía tratarse de algún tipo de manuscrito, por lo que se puso a inspeccionar todas y cada una de las habitaciones que los frailes ocuparon en el convento. Finalmente, tras muchas horas de trabajo, localizó unas marcas sospechosas en el suelo de madera de una de ellas. Se agachó, introdujo una regla metálica entre los bordes del tablón rasgado y le sacó de su sitio haciendo palanca. Debajo había un diario de un tal Gonzalo de la Cruz.

Y así es como Henry Jones Jr. llegó a Ko Ping Kan. Sin duda, uno de los lugares más bellos de China. El paisaje, visto desde las alturas, era espectacular, ya que los alrededores de la isla estaban repletos de formaciones rocosas y pequeños islotes que surgían de las profundidades del mar. El hidroavión aterrizó suavemente sobre las paradisíacas aguas que rodeaban el lugar, cuando los primeros rayos del día iluminaban el horizonte. En el aparato viajaban dos hombres. Uno de ellos era el piloto, un tipo serio y competente llamado Jock, que se dedicaba a transportar turistas hasta lugares exóticos con su aeronave. El otro pasajero era el doctor Henry Jones J.R, "Indiana" para los amigos, un carismático arqueólogo aventurero cuyas hazañas podrían llenar libros enteros.
Cuando las hélices del hidroavión dejaron de girar y el aparato se detuvo, Jock soltó los mandos y se giró hacia la parte trasera de la aeronave para ayudar a su pasajero a descargar su equipaje. Pero el doctor Jones había aprovechado el vuelo para echar una cabezada con el fin de reponer fuerzas y aún no había despertado.

- Vamos, doctor Jones. Ya hemos llegado a la isla.

El atípico arqueólogo, que permanecía recostado cansadamente sobre una vieja mochila, se quitó de encima el sombrero que le cubría el rostro y mostró su mejor sonrisa: la aventura estaba a punto de comenzar.

Tras descargar su escaso equipaje, es decir, su mochila, su látigo y su sombrero, el doctor Jones se dispuso a adentrarse en la densa espesura de la isla. Pero antes de marcharse recibió una última indicación de Jock.

- Recuerde que le esperaré hasta las 7. Después me marcharé con o sin usted. No me gusta nada este lugar, se cuentan historias terroríficas sobre él.

- De acuerdo, Jock. Hasta la noche entonces. - contestó el doctor Jones mientras se alejaba.

- ¡Tenga cuidado!

Según constaba en los libros de historia, aquella isla remota debía de estar poblada por una antiquísima civilización aborigen, "los Tucsis", de los que se sabía poco o nada, ya que eran pocos los hombres que habían viajado hasta allí para confirmar su existencia mítica. El lugar permanecía inexplorado y esto suponía un verdadero estímulo para un inquieto arqueólogo como Indiana Jones. La sola idea de poder estudiar la cultura de estas gentes y analizar su comportamiento le resultaba realmente excitante.

La descripción que se hacía de la isla en el diario que había encontrado en el convento era muy vaga, pero suficiente para guiar a Indy hasta la zona donde los aborígenes locales celebraban sus actos religiosos: unas estrechas y sinuosas cuevas practicadas en la roca que descendían hasta las profundidades de la tierra. En ocasiones, estas cuevas estaban ubicadas cerca del litoral marino, de forma que podían quedar sumergidas bajo el agua. Inspeccionando las grutas, fue como Indy descubrió indicios que apuntaban a que otra expedición arqueológica se le había adelantado. Y aquel descubrimiento no le gustó nada: se trataba ni más ni menos que de nazis. Nuestro héroe descubrió que un grupo de hombres, bien equipados, había estado inspeccionando el lugar y se había detenido frente a una cueva submarina que permanecía casi oculta por la espesura de la jungla. Aquellos tipos habían dejado gran parte de su equipo oculto entre la maleza, junto a la entrada de la cueva, y se habían adentrado en ella buceando. Pero no había señales que indicasen que aquellos hombres hubiesen salido de allí. De forma que Indy decidió seguir sus pasos extremando las precauciones.

El trayecto submarino fue breve. Indy buceó por las aguas cristalizas que inundaban la caverna, utilizando para ello una bombona de oxígeno de los alemanes, hasta encontrar un pequeño resquicio en la roca por el que pudo ascender a tierra firme. Pero al subir quedó desoldado ante una terrorífica visión. Se trataba de los cadáveres de tres arqueólogos nazis, que aparentemente habían muerto a manos de los indígenas locales, ya que sus cuerpos aparecían atravesados por decenas de flechas.

La batalla debió de ser salvaje, pues había manchas de sangre por toda la zona. Pero parece que finalmente los arqueólogos supervivientes al ataque pudieron seguir su camino. Sus pasos guiaron a Indiana hasta una gran sala de dimensiones descomunales, forjada en la piedra por manos humanas, en la que reposaba un fastuoso templo pagano. Indy se acercó e inspeccionó cuidadosamente la fachada exterior del santuario, pero, aunque lo intentó denodadamente, no pudo identificar la procedencia de los signos que revestían aquellas paredes. Debía de tratarse de una construcción realizada por alguna civilización antigua, cuyo rastro debió de perderse con el paso de los siglos, pensó, mientras irrumpía en el interior de aquel impresionante templo, tomando todas las precauciones posibles. Indy caminaba lentamente tratando de no tropezar con ninguna trampa oculta, pero al procurar esquivar una tela de araña que pendía de una de las paredes, posó su pie izquierdo en una zona oscurecida del suelo, sin advertir que una de las baldosas que revestía el piso era falsa. Al dejar caer su peso sobre ella, el suelo se hundió e Indy se precipitó al vacío con el tiempo justo para aferrarse a una piedra que había quedado descubierta tras el hundimiento del suelo.

Con mucho esfuerzo, logró ascender y salir del pozo. Pero comenzaba a preguntarse cuántas trampas más tendría que esquivar para llegar hasta el lugar donde reposaba la estatua de Kanjis. La aventura iba a ser ardua, sin duda, pero Indy continuó su camino con todos sus sentidos alerta. En el trayecto atravesó varios corredores y pequeñas salas decoradas con jeroglíficos indescifrables. Tuvo que esquivar nuevas trampas y peligros: una liana que cruzaba el ancho del pasillo a la altura del tobillo, una estancia plagada de murciélagos que para su fortuna estaban dormidos y un estanque que contenía a una enorme boa. Pero finalmente llegó hasta lo que parecía la cámara principal de aquel enorme templo. Su primera impresión fue que el lugar estaba vacío, pero al acercarse al altar que coronaba el centro de la sala, descubrió los cadáveres descuartizados de otros dos arqueólogos nazis. Sus cuerpos estaban completamente mutilados y su sangre cubría las paredes de toda la cámara.

Aquella visión hizo mella en el ánimo de Jones. ¿Quién había hecho aquello? No parecía obra de los aborígenes locales. Pero entonces, ¿quién les había matado?

En aquel momento, Indiana escuchó un ruido lejano, que al principio no pudo identificar, pero que pronto se convirtió en un terrorífico alarido inhumano que parecía proceder del exterior. Sin dudarlo, Indy se acercó al altar y cogió la estatua de Kanjis. La introdujo en su mochila y recorrió a la inversa el camino de corredores y pequeñas salas por el que había llegado hasta allí. Su corazón palpitaba vertiginosamente al escuchar los cada vez más cercanos alaridos que quebraban el sepulcral silencio que dominaba la isla. Finalmente llegó a la parte sumergida de la cueva que daba al exterior. Se zambulló apresuradamente en ella, buceó hasta el otro lado y al emerger se detuvo para escudriñar los alrededores. Pero aunque inspeccionó minuciosamente la zona, no pudo distinguir de dónde procedían los gritos, de forma que decidió salir a la superficie para intentar llegar hasta el hidroavión lo más rápidamente posible. Indy corría velozmente por la selva esquivando troncos y ramas de árboles, mientras los alaridos seguían resonando a su alrededor. Hasta que, de improviso, vio surgir de entre la maleza una inesperada figura que se abalanzó violentamente sobre él, haciéndole caer al suelo. Indy luchó por quitarse a aquel monstruo de encima, pero pronto descubrió que en realidad se trataba de un ser humano. Un anciano herido y aterrorizado.

- ¿Quién es usted? - dijo Indy asustado.

- Me llamo Henrich Klinsmann, soy arqueólogo. ¡Ayúdeme! - su acento alemán era inconfundible.

- ¿Qué hace aquí?

- Llegué aquí hace unas semanas, con otros cinco compañeros. Yo era el líder de una expedición arqueológica que pretendía encontrar un objeto de gran valor en esta isla. Pero cometimos un terrible error.

Indy quedó desconcertado.
- ¿Qué hicieron?

- ¡Despertamos al Gran Depredador! Los indígenas locales intentaron evitar que lo hiciéramos, pero no les escuchamos. Entramos en el templo y cometimos un acto impuro que ha desembocado en una terrible tragedia. Ahora ya no hay salida. Hemos hecho algo terrible y tenemos que pagar el precio por ello. Mis cinco compañeros han muerto, él los ha matado. Y yo estoy a punto de morir también. ¡Váyase de aquí! ¡Él viene para llevarse mi vida!

- ¿Quién?

- ¡Él! El Gran Depredador. ¡Kanjis! Viene a matarme. ¡Márchese!
- Pero...

- Vamos, no hay tiempo, él está a punto de llegar. ¡Márchese de aquí!

A Indy le costaba asimilar las desconcertantes palabras de aquel hombre, pero finalmente decidió enseñarle el objeto que había saqueado del templo.

- ¿Ustedes encontraron esto? - dijo Indy sacando la estatua de Kanjis de su mochila.

- ¡¡¿Pero qué ha hecho, insensato?!! - exclamó asustado aquel hombre al ver el objeto que Indy le mostraba. - Ese objeto lleva el Mal consigo. Será su perdición. ¡Devuélvalo al templo o morirá!

- Es una pieza de gran valor. ¡Debería estar en un museo!

- Ese objeto posee un poder que usted no puede ni imaginar. Si no lo devuelve, que Dios se apiade de su alma.

Indy continuaba dudando, pero finalmente decidió no escuchar las palabras de aquel loco. De forma que, desoyendo sus gritos, cargó con aquel tipo sobre su espalda y se encaminó de vuelta hacia el hidroavión.

- ¡No, no! ¡No lo haga! Déjeme aquí, maldito insensato. ¡Nos matará a todos si saca ese objeto de la isla! No sabe lo que está haciendo...

Minutos después, el hidroavión pilotado por Jock, en el que viajaban Indiana Jones y el arqueólogo alemán Henrich Klinsmann, se elevaba velozmente hacia el horizonte, dejando atrás Ko Ping Kan.

(mañana, el capítulo 2...)
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claalc
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MensajePublicado: Jue Dic 13, 2007 9:20 am    Asunto: Responder citando

- CAPÍTULO 2 -

Una semana después, ya en su casa de San Francisco, Indy trataba de descifrar el significado de los jeroglíficos tallados en la base de la estatua de Kanjis. Había consultado todos sus libros de su biblioteca y llevaba horas estudiando aquellos caracteres ilegibles sin resultados. Eran unos símbolos extraños que no se parecían a ningún otro dialecto conocido. Indy empezaba a mostrar síntomas de cansancio, pero su trabajo se vio interrumpido por una inesperada llamada a la puerta. De forma que dejó la estatua sobre su escritorio y se puso en pie, sin dejar de pensar en aquellos jeroglíficos. Caminó hasta la puerta y la abrió. Al hacerlo descubrió que se trataba de su viejo amigo Marcus Brody, que venía a visitarle acompañado de una hermosa joven a la que no pudo reconocer.

- Hola, Marcus. Pasa, tengo que enseñarte la estatua. Quizás tú puedas ayudarme. - dijo Indy.

- Sí, pero espera, Indy, voy a presentarte a alguien. Esta encantadora señorita que me acompaña es Elizabeth Hannigan, profesora de arqueología en la Universidad de Columbia. Le he pedido que venga porque creo que podrá sernos de gran ayuda para resolver este enigma.

Indy fijó su mirada en la hermosa señorita Hannigan y quedó impresionado por su belleza. Iba a saludarla, cuando ella se le adelantó.

- Encantada de conocerle, doctor Jones. Marcus me ha hablado mucho de usted. - dijo Elizabeth, tendiéndole la mano.

- El placer es todo mío, querida. Pero, por favor, no haga caso a Marcus en todo lo que dice de mí, en el fondo soy un sentimental. - Indy empleó un tono cargado de picardía que hizo ruborizarse a la dama y sonreír a Brody.

- Eres incorregible, Indiana. Igual que tu padre.

Tras las presentaciones, Indy acompañó a sus invitados al interior de la casa y sin más ceremonias les mostró la estatua de Kanjis en la que estaba trabajando.

- Vaya, Indy. ¡Es preciosa! - dijo Brody.

- Mira estos jeroglíficos, Marcus. Los he cotejado con todas las lenguas conocidas y no consigo encontrar ninguna similitud.

Marcus fijó su atención en los símbolos que su amigo le señalaba y quedó vivamente impresionado. Iba a decir algo, pero Elizabeht se anticipó haciendo una observación que dejó boquiabiertos a sus dos contertulios.

- Es un dialecto perdido, doctor Jones. El Tucsi. Y esta inscripción dice así: “La maldad de los hombres que vinieron del mar provocó el caos en nuestra isla. Ellos mataron a cientos de inocentes y robaron nuestros tesoros. Con sus actos impuros merecieron la peor de las muertes. Pero lograron huir y nuestra venganza no pudo consumarse. Por eso invocamos a Kanjis, el todopoderoso Gran Depredador, para que acabe con las vidas de aquellos que se atrevan a profanar nuestras tierras en el futuro”.

Indy se quedó pasmado ante la traducción que acababa de hacer Elizabeth, pero cuando iba a decir algo, se escuchó un estruendoso golpe que parecía proceder del piso superior.

- ¿Qué ha sido eso? - dijo Brody.

- Debe de tratarse de mi invitado, el señor Henrich Klinsmann, que ha despertado. Aún está débil y supongo que habrá tratado de ponerse en pie.

- ¿El arqueólogo alemán del que me hablaste?

- Sí.

- ¿Se trata de un superviviente de la isla? - preguntó Elizabeth emocionada.

- Así es.

- ¿Podría hablar con él, doctor Jones? Quizás pueda echarnos una mano.

- Por supuesto. Acompáñenme, por favor.

Indy guió a sus invitados hasta una de las habitaciones del piso superior, donde encontraron a un anciano que, haciendo un gran esfuerzo, había llegado hasta la ventana del cuarto y desde allí observaba lo que ocurría en el exterior con actitud aterrorizada.

- ¿Se encuentra bien, señor Klinsmann? - preguntó Indy.

Al oír aquella voz, el arqueólogo alemán se giró y contempló con desolación a su desafiante anfitrión.

- ¡Usted es el culpable! No me escuchó cuando le dije que debía marcharse de la isla sin alterar el curso de los acontecimientos. Ha cometido un error que le costará la vida a miles de personas. No hay forma de pararle, él matará a todos los habitantes de esta ciudad. ¡Será el día del juicio final!

- ¿Pero qué está usted diciendo? ¿De qué habla?

- ¿No lo comprende? Él vendrá y nos matará a todos. No hay forma de escapar de él. Sus poderes y su maldad son ilimitados.

- Sufre usted algún tipo de desequilibrio mental, señor Klinsmann, y creo que voy a llamar a un psiquiátrico.

- Está realmente asustado, Indy. Creo que deberíamos escuchar lo que dice. - intervino Brody.

- ¿Tú también, Marcus? Lo que me faltaba, ¡vamos, no seas ridículo! Sabes que no hay por qué temer.

- A parte de la estatua, ¿no encontró usted nada más en la isla, doctor Jones? - dijo Elizabeth.

- No, nada más. Creo que los compañeros de expedición de Klinsmann fueron asesinados por los indígenas locales y que eso debe de haber alterado su juicio.

(continuará mañana en el capítulo 3...)
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claalc
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MensajePublicado: Vie Dic 14, 2007 9:04 am    Asunto: Responder citando

- CAPÍTULO 3 -

Al día siguiente, Indy, Marcus, Elizabeth y Klinsmann se reunieron en el museo de arqueología del segundo y, tras un breve recorrido por la exposición, buscaron un buen lugar para colocar el nuevo y valioso objeto. Klinsmann parecía más tranquilo tras haber dormido más de diez horas, pero aún se podía vislumbrar el temor en sus ojos cada vez que se mencionaba a Kanjis o simplemente veía la bolsa en la que Indy transportaba la pequeña estatua.

- Sigo pensando que no es una buena idea.

- Tranquilícese de una vez, señor Klinsmann.- le dijo Indy en un tono que denotaba su tedio por las insistentes advertencias del alemán.- Si con los días que han pasado desde que tenemos a Kanjis, el demonio del que habla no ha hecho acto de presencia, no creo que lo vaya a hacer ya.

- Piense que la maldición sólo afecta a la isla.- le dijo Elizabeth tratándole de calmar.

- Pero según lo que he leído durante mis investigaciones, el Gran Depredador persigue a todo aquel que intenta llevarse consigo a la estatuilla. Incluso es capaz de seguirle allá donde vaya, como le pasó a Gonzalo de la Cruz y a todos los frailes de su convento poco después de haber escrito su diario.- Marcus fue el único que cambió el gesto hacia uno que mostraba cierto temor. Siempre se manifestaba más crédulo que Indy acerca de los fenómenos paranormales.

- Vamos, señor Klinsmann, ¿cómo es posible que un científico como usted crea en esas majaderías cuyo único objetivo es asustar a los arqueólogos?- dijo Indy conteniendo la risa.

- Usted debería saberlo mejor que yo, doctor Jones: estoy asustado porque algunas de esas profecías se cumplen. ¿O me va a negar ahora que el poder del Arca de la Alianza no era real? - Tanto Indy como Marcus y Elizabeth enmudecieron. Visto de aquella manera, todo era posible.– Además, le puedo asegurar que mis compañeros murieron en aquella isla. Eso no es ninguna majadería.

- Fueron los nativos, estoy seguro de ello. Tenían flechas clavadas por todo el cuerpo. Así que dejemos de hablar del tema y veamos en qué vitrina podemos colocar esta maravilla.

Indy caminó entonces hacia el almacén en busca de la vitrina perfecta. Daba tanta importancia a Kanjis que quería colocar la figura en un lugar especial. Finalmente optó por una vitrina de cristal que tenía el tamaño ideal. Marcus le echó una mano para llevarla hasta la sección en donde quedaba un espacio muy bueno para ella, justo en el centro de la sala. Una vez allí, Brody levantó el vidrio e Indy metió el objeto.

- Estupendo, ahora sólo falta el tablón de información y un buen foco.- dijo Elizabeth entusiasmada.
- Esta misma tarde me dedicaré a redactar el panel.- afirmó Indy mientras observaba maravillado su última adquisición.

- Yo me encargaré de conseguir el foco.- dijo Marcus, también ensimismado.

Klinsmann era el único de los cuatro que seguía sin verlo claro. Estaba convencido de que en cualquier momento iba a ocurrir una desgracia. Podía ser después de unos días, semanas o años, pero ocurriría. Incluso en aquel preciso momento, en el que sus tres nuevos amigos contemplaban la valiosa pieza. De repente, las luces del museo tintinearon. El alemán sintió un escalofrío tan intenso como cuando vio a sus compañeros de expedición muertos. Tanto Indy como Marcus y Elizabeth se percataron de su reacción, que les provocó una leve sonrisa.

- ¿Qué sucede, señor Klinsmann? ¿Acaso en Alemania no hay bajadas de tensión? ¡Vamos, hombre, relájese de una vez! – le dijo Indy, divertido.

Apenas un segundo después, sus rostros se tornaron hacia una expresión de terror puro, cuando todas las luces se apagaron y el cristal de la vitrina de Kanjis empezó a resquebrajarse. El ruido que provocaba sonaba aún más espeluznante en la oscuridad. Ninguno de los cuatro fue capaz de mover un solo músculo. Estaban totalmente paralizados de miedo mientras trataban de vislumbrar algo. Enseguida fueron testigos de cómo la estatuilla se iluminaba con un extraño fulgor amarillo. Sin pensarlo dos veces, Indy, Marcus y Elizabeth, aprovechando la poca luz que irradiaba el artefacto, echaron a correr en dirección a la salida. Klinsmann, por el contrario, continuaba estático, perplejo ante lo que sus ojos estaban observando. Unos ojos que no tardaron en empezar a llorar a la vez que su cuerpo iniciaba una serie de temblores. El miedo se había apoderado de su persona.

- ¡Señor Klinsmann, vamos! ¡Señor Klinsmann! – le gritaba Indy a pocos metros de allí en cuanto se dio cuenta de que el alemán no corría junto a ellos. Pero el arqueólogo nazi continuaba absorto ante Kanjis, que ahora estaba comenzando a emitir un vapor de la misma tonalidad que la luz que emitía. En pocos segundos, se expandió hacia el suelo como si de una niebla viviente se tratara.- ¡Salid de aquí, voy a por Klinsmann!- les ordenó Indy a Marcus y a Elizabeth mientras se daba la vuelta y corría en dirección contraria a ellos.

Pero aunque Indy corrió lo más rápido que pudo, no llegó a tiempo de salvar la vida del alemán. El cuerpo de este, partido en dos, yacía sin vida ante un ser de más de dos metros de altura en el que se había transformado la luminosa niebla. Su aspecto era horripilante. Ni en la peor de las pesadillas se podía imaginar una monstruosidad así. Todo lo que tenía estaba diseñado para matar: pinchos por todo el cuerpo, tres cuernos en la cabeza, pinzas al final de su cola, varias hileras de colmillos en su boca, una especie de afilados garfios en vez de manos… Incluso poseía pequeñas bocas llenas de puntiagudos dientecillos en los extremos de los cuatro grandes dedos que conformaban sus pies. Por si fuera poco, disponía de cuatro grandes ojos morados, uno por cada lado de su rechoncha cabeza, lo que hacía imposible que nada –ni nadie- escapara de su campo de visión. De ahí que hubiera captado la presencia de Indy sin problema alguno. El arqueólogo, presa del pánico a la par que triste por la muerte de Klinsmann, tardó un par de segundos en volver a correr en dirección a la salida, donde le esperaban Marcus y Elizabeth. El Gran Depredador fue tras él a cuatro patas: clavaba los garfios de sus manos en el suelo, produciendo agujeros en las baldosas por las que pisaba. Además, dado su gran peso, su trote provocaba cierto temblor, un punto más a favor del miedo que suscitaba.

- ¡Corred, corred!- gritaba Indy a sus amigos cuando le quedaban pocos metros para alcanzar la puerta de salida, donde se habían quedado atónitos al ver cómo la monstruosa criatura rompía todo lo que encontraba a su paso. Los cascotes de cristal y madera volaban a su alrededor junto a los pedazos de baldosas que desprendía el suelo a su paso.

- ¡¿Qué vamos a hacer, Indy?!- gritaba Marcus aterrorizado.

- De momento, huir. ¡Corre!- pero Indy era el único de los tres que estaba capacitado para correr por más tiempo. Marcus por la edad y Elizabeth por los tacones de sus zapatos eran incapaces de seguir el ritmo del arqueólogo.

- ¡Doctor Jones, ya viene! ¡Tenemos que hacer algo! – vociferó Elizabeth con voz temblorosa, desconsolada ante la visión del ser que les perseguía a gran velocidad.

La gente de los alrededores, la mayoría alumnos y personal del instituto, no daban crédito a lo que estaban contemplando. Algunos se quedaron petrificados observando la persecución, pero casi todos empezaron a huir del lugar en todas direcciones, tal y como lo haría una bandada de pájaros al oír el disparo de un cazador. El caso es que por más personas que se cruzaran en su camino o se hallaran cerca del mismo, el Gran Depredador sólo tenía ojos para Indy, Marcus y Elizabeth… ¿o era sólo para Indy? El arqueólogo pensó en la posibilidad de que la criatura únicamente estuviera yendo a por él, dado que fue él quien sacó a Kanjis de la isla.

- ¡Subid a ese autobús escolar, rápido!- les ordenó.

- ¡¿Y qué vas a hacer tú, Indy?! – le preguntó con preocupación Marcus.

- No lo sé, improviso sobre la marcha. No te preocupes por mí, ¡vete!

Indy se detuvo y se dio la vuelta para ver cómo reaccionaría la bestia ante la división de sus tres presas en dos grupos. Entretanto, el vehículo amarillo dio un fuerte acelerón para huir del lugar. Estaba cargado de alumnos y gente de la zona, entre los que ya se encontraban Elizabeth y Marcus. Como Indy había adivinado, el Gran Depredador continuó corriendo en su dirección, no mostraba interés alguno en nadie más.

“Debo llegar a mi despacho”, pensó al observar la cercana situación del lugar donde guardaba un látigo de reserva, así como una segunda pistola. “El inconveniente es que la ventana está cerrada y el Gran Depredador está demasiado cerca, no me daría tiempo a llegar hasta allí. Tengo que esquivarle.”

Lo que hizo fue de lo más arriesgado: esperó hasta el último momento a que se aproximara el monstruo, con la esperanza de que iba a ser capaz de librarse de sus mortíferos garfios. Pero entonces, para su sorpresa, este saltó con la intención de aplastarle bajo sus cuatro patas. El arqueólogo hizo gala de su buena forma física y rodó por el suelo hacia adelante, pasando por debajo de la bestia y evitando así una muerte segura. El problema residió en que olvidó la presencia de la cola, de modo que las pinzas de la misma le hicieron la zancadilla cuando se disponía a correr en dirección a la ventana de su despacho. Bocabajo en el suelo, Indy rodó como si fuera un tronco para evitar los sucesivos ataques de la peligrosa extremidad. Cuando estuvo lo suficientemente lejos como para que no pudiera atraparle, se puso en pie y volvió a ponerse a correr todo lo más rápido que pudo a través de los cuidados jardines del campus.

Enseguida le alcanzó, de modo que le lanzó un ataque con uno de sus dos garfios. Afortunadamente para Indy, la extremidad chocó con la rama de uno de los árboles, arrancándola como si de un alfiler se tratara. El arqueólogo aprovechó el momento para continuar con su avance hasta llegar a su destino, donde, sin dudarlo, se lanzó contra la ventana, rompiéndola en mil pedazos. Se hizo numerosos cortes en las piernas, pero el miedo le hizo dejar a un lado el dolor. Rápidamente, abrió un armario, sacó el látigo y la pistola, y salió del despacho, para lo cual tuvo que derribar de una patada la puerta, puesto que estaba trancada. Entretanto, la criatura trató de entrar por la ventana con todas sus ansias, pero viendo que le resultaba imposible dadas sus dimensiones, optó por volver a convertirse en aquella luminiscente niebla amarilla para atravesarla. Hizo lo mismo con la puerta del despacho. Después, recuperó su forma más amenazadora en apenas unos segundos.

Segundos que no supo aprovechar Indy para idear un buen plan. Lo único que su nerviosismo le permitió discurrir fue ocultarse tras una mesa tumbada sobre el suelo, desde la cual podría disparar al Gran Depredador con cierta protección y con el factor sorpresa de su lado. Así pues, la bestia entró en la clase en la que se había escondido su presa. Al arqueólogo le impresionó su habilidad para localizarle, debía tener un olfato muy agudo. Nada más traspasar el marco, Indy le disparó hasta vaciar el cargador. Como apenas había distancia, todos los tiros fueron certeros. Sin embargo, los agujeros que en un principio crearon las balas en el cuerpo del ser, pronto se desvanecieron gracias a que la criatura emitió la niebla amarilla para regenerarse. “Esto se pone feo”, pensó Indy desmoralizado ante semejante prueba de invulnerabilidad. “¡Por el amor de Dios, tiene que tener algún punto débil!”.

Entonces, se puso en pie y le lanzó un latigazo en dirección al ojo frontal, pensando que quizá pudiera ser su debilidad. Pero un párpado veloz como el rayo y duro como el acero le protegió sin ningún esfuerzo. Lo intentó de nuevo, pero tampoco logró nada, así que se vio obligado a correr hacia una de las ventanas del aula. Esta vez la abrió y saltó por ella hacia el jardín, justo en el preciso momento en el que uno de los garfios del monstruo hacía una pasada por el lugar en el que había estado apenas un instante antes. La criatura, enfurecida ante tantos ataques fallidos, saltó contra el ventanal, rompiéndole sin dificultad alguna, y empezó a perseguir de nuevo a su habilidosa presa, quien ya se encontraba corriendo al lado de un coche que estaba abandonando el aparcamiento en esos momentos.
- ¡Por favor, déjeme subir, profesor Williams, me persigue ese monstruo!- le suplicaba Indy, entre jadeos de agotamiento.

- Precisamente por eso, Dr. Jones. Si se sube, me seguirá a mí también. ¡Adiós, le deseo suerte! – y aceleró. Pero Indy, negándose a dejarse coger por su perseguidor, saltó sobre el capó del vehículo.- ¡Quítese de ahí, no veo nada!- el arqueólogo se deslizó entonces hacia el techo, donde se agarró como pudo a los salientes de los laterales. Mientras lo hacía, contemplaba angustiado cómo el Gran Depredador les daba alcance con su veloz trote a cuatro patas.

Se inició así una peculiar persecución por las calles de San Francisco: un coche con un tipo sobre su techo era seguido de cerca por una criatura de otro mundo. La gente se detenía y se giraba para ver aquel acontecimiento sorprendente a la par que terrorífico. Los demás automóviles trataban de quitarse de en medio como podían al ver que la bestia saltaba por encima de ellos sin problema, lo que conllevaba algún que otro agujero en la carrocería por acción de los afilados y fortísimos garfios que la misma utilizaba como patas delanteras. El Gran Depredador dejaba a su paso una hecatombe de chatarra y a punto estuvo en más de una ocasión de atravesar la cabeza de algún conductor.

A medida que pasaba el tiempo, la distancia que le separaba de su presa era cada vez menor. Indy trataba de discurrir un plan, pero dada la condición de inmune de su atacante, no lograba sacar nada en claro. Además, su posición le impedía hacer cualquier otra cosa que no fuera aferrarse al vehículo en el que viajaba a gran velocidad.

- ¡Cuidado con el tranvía!- le gritó a Williams viendo que ni aminoraba ni maniobraba ante la proximidad de un tranvía que se iba a cruzar con ellos en perpendicular. Afortunadamente, el conductor efectuó a tiempo un brusco giro que le situó en paralelo al transporte público, de modo que siguió su recorrido descendente por una de las empinadas y famosas cuestas de la ciudad. Fue en ese preciso instante cuando a Indy le vino a la cabeza un plan. Uno que esperaba que fuera el definitivo. Su vida dependía de ello.

Así pues, se puso en pie sobre el techo y, manteniendo el equilibrio apenas un par de segundos, saltó hacia el tranvía, agarrándose con todas sus fuerzas al saliente de su techo. Los pasajeros se quedaron atónitos al ver semejante acrobacia, más aún si se tiene en cuenta la pendiente por la que se estaban desplazando. Pronto comprendieron el por qué de aquella arriesgada acción: el Gran Depredador se encontraba galopando a pocos metros del vehículo. Enseguida se situó tan cerca que trató de alcanzar con su garfio izquierdo a Indy, pero tan sólo logró provocarle una rasgadura en la espalda. El intrépido arqueólogo sacó fuerzas cuando parecía no tenerlas para impulsarse hacia el techo, cosa que logró justo a tiempo de esquivar un segundo ataque, uno que, al contrario que el anterior, le hubiera costado la vida, ya que llegó incluso a arañar el cristal de una de las ventanas del vehículo.

“Es que no se cansará nunca”, se preguntaba Indy al ver a la criatura continuar trotando al lado del tranvía sin mostrar síntomas de cansancio, como si no llevara corriendo desde su aparición en el museo.
El arqueólogo se puso entonces en pie y trató de mantener el equilibrio, pero esta vez le perdió enseguida, ya que el vehículo pasó por un cruce sin inclinación. La suerte le acompañó una vez más, pues cayó de espaldas más o menos en el mismo lugar en el que se encontraba tumbado hacía un momento. En cuanto el tranvía se inclinó otra vez, Indy volvió a ponerse en pie y, látigo en mano, le hizo pasar por encima del cable de tensión que alimentaba al vehículo. Conservando el mango con una mano, lo siguiente que hizo fue agarrarse con la otra mano al otro extremo. Entonces, se mantuvo en esa posición esperando que le atacara el Gran Depredador, cosa que sucedió pocos segundos más tarde. El despiadado ser efectuó un impresionante salto con el que alcanzó el techo del tranvía. Justo después, Indy se dejó caer, quedando colgado por el látigo y descendiendo a gran velocidad por delante del vehículo. Los pasajeros se quedaron boquiabiertos ante tal prueba de valentía. Pero, en realidad, Indy estaba aterrado. La razón por la que lo hizo no era otra que para librarse de su perseguidor de una vez por todas, cosa que consiguió porque adivinó cuál sería su reacción al ver a su presa huir: la criatura utilizó las pinzas de su cola para colgarse del cable de tensión, con lo que se electrocutó. El cuerpo sin vida del monstruoso ser cayó sobre el mismísimo borde frontal del techo del tranvía, pareciendo a punto de caerse. La gente de su interior rezaba para que no se precipitara delante de su recorrido, ya que podría provocar su descarrilamiento. Pero finalmente así fue… justo cuando el Gran Depredador pasaba a convertirse en su forma etérea. De esta forma, la niebla amarillenta impregnó el parabrisas, desvaneciéndose en cuestión de segundos sin causar ningún tipo de problema.

Entretanto, Indy, que continuaba su vertiginoso descenso mirando hacia atrás, se alegró como pocas veces lo había estado en su vida al ver que su plan había tenido éxito. Su rostro sonriente se tornó a un gesto desencajado de sorpresa cuando vio que perdía velocidad al llegar a otro cruce sin inclinación alguna. Se quedó parado en mitad del mismo, de modo que tuvo que subir las piernas en varias ocasiones para evitar que los coches le golpearan. Por otro lado, trataba de pensar cómo librarse de la inminente colisión contra el tranvía. El conductor del mismo accionó los frenos, pero iba demasiado deprisa en relación a la escasa distancia que le separaba del indefenso arqueólogo, quien permanecía colgado de espaldas al vehículo sin posibilidad alguna de hacer algo al respecto.

Pero entonces, cuando todo parecía perdido, un autobús escolar se detuvo bajo sus piernas, que elevó con gran esfuerzo para evitar el parabrisas.- ¡Salta, Indy, salta! – eran Marcus y Elizabeth. ¡Menuda casualidad! Nada más el arqueólogo se posó sobre el techo del transporte público, el conductor aceleró al máximo para esquivar por cuestión de centímetros la llegada del tranvía, que pasó de largo a bastante velocidad y logró detenerse finalmente a unos veinte metros de aquel cruce. En otras palabras: le hubiera arrollado con bastante fuerza si no llega a ser por la afortunada coincidencia.

- ¡¡Buff, estuvo cerca, ¿eh, doctor Jones?!!- le dijo sonriente Elizabeth una vez se detuvo el automóvil y bajó del mismo.

- Demasiado para mi gusto.- le respondió el exhausto arqueólogo, que cayó rendido sobre el techo.

(mañana, el cuarto y último capítulo...)
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MensajePublicado: Sab Dic 15, 2007 4:38 pm    Asunto: Responder citando

Cuarto y último capítulo...

- CAPÍTULO 4 -

Al día siguiente…

Tengo el honor de presentarles una nueva incorporación a este nuestro museo.- recitaba Marcus ante una multitud de estudiantes y profesores al final de un breve discurso. El salón de actos estaba abarrotado. Indy y Elizabeth tiraron entonces del manto que cubría la vitrina en la que residía Kanjis. Los aplausos se mezclaron con exclamaciones de asombro. Todos habían oído hablar de aquella extraña pieza, deseada como pocas en el mundo, cuya belleza y delicadas formas poco tenían que ver con las horrendas protuberancias que caracterizaban al destruido Gran Depredador.- Gracias a esta valiosa pieza, nuestro museo ha ganado en popularidad como nunca antes lo había hecho, hasta tal punto que ya hemos recibido una cuantiosa aportación por parte del señor Walter Donovan, importante empresario de nuestra ciudad. Con ella, podremos rehabilitar nuestro museo tras los destrozos causados por la maldición que recaía sobre este precioso objeto. Es más, si continuamos recibiendo colaboraciones de esta categoría, podremos incluso mejorar las instalaciones y situarlas a niveles próximos a los mejores museos del país.- de nuevo, el aire se llenó de aplausos durante unos cuantos segundos.- Y todo gracias al mejor de los arqueólogos, nuestro querido doctor Henry Jones Junior. ¡Un fuerte aplauso para él!- pero Indy ya no se encontraba sobre los tablones del escenario y tampoco estaba Elizabeth. Marcus, sorprendido en un principio ante la repentina desaparición, se alivió al recordar lo poco que le gustaba a su amigo los reconocimientos públicos. Le gustaba que le reconocieran, pero no en público. Prefería otros medios, como los periódicos o la radio. O lo que es lo mismo, aquellos medios que no requerían su presencia.

Mientras el evento continuó con una fiesta del estilo de la que se solía celebrar con motivo del fin del curso escolar, Indy se encontraba coqueteando con Elizabeth entre bastidores. Para él, aquella era la verdadera fiesta…
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